No fue un comunicado oficial. No fue un parte médico ni una confirmación de las autoridades.
Fue un video en redes sociales el que, de pronto, vinculó el nombre de Yeison Jiménez con la palabra “muerte”.
En cuestión de horas, millones de reproducciones, miles de comentarios y una ola de lágrimas recorrieron internet.
El público quedó confundido, los seguidores devastados y los medios atrapados en un torbellino emocional. Y entonces apareció su padre, don Orlando, rompiendo el silencio con palabras que dejaron al mundo en silencio.

Pero desde ese mismo instante surgió una pregunta inevitable: ¿estábamos ante una tragedia real o frente a una prueba más del poder peligroso de las historias contadas desde la emoción en la era digital?
En el video, Orlando no habló de un sueño concreto. No describió escenas precisas. Habló de una sensación. De un miedo sin nombre, de una inquietud persistente que lo acompañaba desde hacía tiempo.
Lo definió como una advertencia del corazón, silenciosa pero constante, imposible de ignorar. Era ese tipo de intuición que muchos padres comprenden, aunque pocos sepan explicar.
Al mismo tiempo, según su relato, Yeison solía mencionar sueños relacionados con aviones, caídas y con su propia muerte. Lo hacía sin pánico, con una serenidad que hoy resulta inquietante.
En vida, esas palabras parecían simples reflexiones de un artista sensible. En el contexto del video, se transformaron en presuntos presagios.
Así se construyó una narrativa perfecta para tocar las emociones. El espectador no solo escuchaba, sentía. Y cuando se siente, se cree. La fe en la historia nacía del dolor, no de los hechos.
Yeison Jiménez, en la vida real, representa una de las historias de superación más reconocidas de la música colombiana.
Nació en un entorno humilde, aprendió desde pequeño el valor del trabajo, la disciplina y la constancia. No tuvo atajos ni privilegios. Entró al mundo musical con una convicción casi temeraria de que los sueños podían cumplirse.

Grabó sus primeras canciones sin garantías, apostó por su talento cuando pocos creían en él. El éxito llegó lentamente, pero nunca por casualidad.
Quienes trabajaron con Yeison lo describen como un artista disciplinado, puntual, respetuoso con su equipo y profundamente agradecido con su público. Para él, el escenario no era un lugar de exhibición, sino de retribución.
Incluso cuando llenó estadios como El Campín, mantuvo una humildad que sorprendía. Siempre recordaba a su familia, a sus seguidores y a los días difíciles.
Su música conectó porque no maquillaba la vida. Hablaba de heridas, de derrotas, de amores rotos y de esperanzas persistentes. Cantaba para quienes rara vez se sienten protagonistas.
En el video, su muerte fue presentada como el final de un camino marcado por el sacrificio. Un viaje de trabajo, una agenda exigente, un artista que nunca sabía decir que no.

Su padre decía haberle pedido que bajara el ritmo, pero Yeison no quería perder ninguna oportunidad de cantar para su gente.
Y así, en esa historia, el artista partía en el momento más alto de su carrera, dejando canciones inconclusas y proyectos sin terminar.
Ese tipo de final es el que más duele. No por la muerte, sino por lo inconcluso. Porque lo inconcluso obliga a imaginar lo que pudo haber sido.
Orlando relataba que recibir la noticia fue como perder una parte de su alma. Decía que no quería recordar a su hijo como un titular, sino como un hombre íntegro, entregado a su pasión. Sus palabras no eran de espectáculo, eran de orgullo y dolor.
Aunque el relato no estuviera confirmado, tocaba una verdad universal: el dolor de un padre ante la posibilidad de perder a un hijo no necesita pruebas para ser comprendido.

El video cerraba con una frase que parecía poética: la voz se apaga, pero las canciones quedan. Una idea hermosa, pero colocada dentro de una historia que inducía al error. Allí, la frontera entre el arte de narrar y la responsabilidad informativa se volvía peligrosa.
Porque, según las fuentes públicas, Yeison Jiménez sigue vivo y activo en su carrera. Esa realidad transforma todo el relato en un ejemplo claro de cómo la emoción puede construir una verdad paralela. El público no fue convencido por datos, sino por sentimientos. Lloró, compartió y creyó.
En la era digital, una historia no necesita ser cierta para volverse viral. Solo necesita ser conmovedora. Y cuando la emoción se impone a la verdad, el daño no es solo la confusión, sino la erosión de la confianza colectiva.
La historia de Yeison Jiménez en ese video no habla únicamente de un artista. Habla de nosotros como audiencia.

Habla de cómo consumimos información, de cómo preferimos sentir antes que comprobar. Demuestra que, hoy, una persona puede “morir” en millones de pantallas sin haber muerto en la vida real.
Yeison no necesita una tragedia para ser grande. Su música ya lo hizo inmortal para muchos. Sus canciones no requieren un final triste para permanecer en la memoria. Y el público, quizá, necesita recordar que la emoción no debe sustituir a la verdad.
Porque un artista, como una buena canción, no necesita terminar en tragedia para ser eterno. A veces, lo más hermoso es que la melodía siga sonando, en la vida real, entre personas que escuchan, sienten y también se atreven a verificar.
Y en ese espacio, donde la verdad aún importa, es donde la música, y también el periodismo, encuentran su verdadera dignidad.