ÚLTIMA HORA: Nicolás Maduro se declara inocente en EE.UU

Nicolás Maduro entró a la sala del tribunal en Estados Unidos con el uniforme de detenido, el rostro tenso y una mirada que conservaba el gesto desafiante que lo caracterizó durante años en el poder.

El momento en que se declaró inocente provocó de inmediato una ola de controversia a escala global. Para sus seguidores, fue la última afirmación de un jefe de Estado que se niega a ceder.

Para la oposición venezolana y para buena parte de los gobiernos occidentales, se trató de una escena sin precedentes: por primera vez, un dirigente que gobernó Venezuela durante más de una década enfrentaba directamente a la justicia estadounidense por acusaciones de extrema gravedad.

El 5 de enero de 2026 quedó marcado como una fecha histórica para América Latina. Ante una corte federal, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, rechazaron de forma categórica todos los cargos presentados por la fiscalía.

El expediente judicial enumera cuatro delitos centrales: tráfico internacional de drogas, narcoterrorismo, conspiración criminal y vínculos con organizaciones armadas ilegales.

Según la acusación, Maduro habría sido uno de los principales coordinadores del llamado Cartel de los Soles, una estructura señalada por introducir toneladas de cocaína en Estados Unidos y por facilitar armamento de uso militar a grupos insurgentes como las FARC, a cambio de protección y recursos financieros.

Durante la audiencia, Maduro insistió en que sigue siendo el presidente legítimo de Venezuela y negó la jurisdicción del sistema judicial estadounidense.

Calificó su captura como una violación del derecho internacional y aseguró que se trata de una operación política encubierta bajo un proceso judicial.

Su equipo de defensa, encabezado por Barry, abogado con experiencia en casos internacionales de alto perfil, argumentó que el traslado de Maduro fuera de Venezuela sin un proceso formal de extradición constituye una detención ilegal a escala internacional.

La estrategia legal se centra en reclamar inmunidad soberana y en cuestionar la validez del procedimiento.

El contexto de la detención refuerza la dimensión política del caso. El 3 de enero de 2026, apenas dos días antes de la comparecencia ante el tribunal, Maduro y Cilia Flores fueron capturados en Caracas durante una operación militar de gran envergadura.

De acuerdo con diversas fuentes, la acción incluyó helicópteros armados y fuerzas especiales, y dejó víctimas en el lugar.

Las imágenes de convoyes blindados abandonando la capital venezolana durante la noche circularon rápidamente en redes sociales, convirtiéndose en un símbolo del colapso repentino de un centro de poder que había dominado la escena política del país por años.

Tras su traslado a Estados Unidos, ambos quedaron recluidos en el Metropolitan Detention Center Brooklyn, una prisión federal de máxima seguridad en Nueva York.

Los abogados de Maduro informaron que el exmandatario se encuentra en régimen de aislamiento por razones de seguridad y que no recibe ningún trato preferencial.

Las duras condiciones del centro de detención han sido ampliamente descritas por la prensa, lo que abrió un debate sobre el trato que debe darse a un antiguo jefe de Estado, incluso cuando enfrenta acusaciones penales graves.

En Caracas, la ausencia de Maduro generó un vacío de poder inmediato. Delcy Rodríguez asumió el control como presidenta interina con el respaldo explícito de las Fuerzas Armadas y de los organismos de seguridad.

Paralelamente, Diosdado Cabello, una de las figuras más influyentes del oficialismo, llamó a los colectivos armados a movilizarse en defensa del legado chavista. Estos mensajes encendieron alertas sobre el riesgo de episodios de violencia y una posible escalada de inestabilidad interna.

Desde la oposición, María Corina Machado calificó la detención de Maduro como un punto de inflexión histórico.

En declaraciones públicas, sostuvo que el proceso judicial abre una oportunidad real para una transición democrática tras años de crisis económica, represión política y deterioro institucional.

En varias ciudades venezolanas se registraron celebraciones espontáneas, mientras que la diáspora venezolana organizó concentraciones en más de ciento treinta ciudades alrededor del mundo.

La reacción internacional dejó en evidencia una profunda polarización. En Washington, el presidente Donald Trump afirmó que Estados Unidos tiene bajo control la situación en Venezuela y subrayó la intención de impulsar la reconstrucción del país, con especial énfasis en el sector energético.

Los mercados financieros respondieron de inmediato y las acciones de compañías petroleras, entre ellas Chevron, registraron alzas significativas ante la expectativa de un nuevo escenario político y económico.

En contraste, aliados tradicionales de Caracas como Cuba, Nicaragua y Rusia condenaron enérgicamente la operación estadounidense, a la que calificaron como una intervención ilegítima y una violación de la soberanía nacional.

El gobierno interino venezolano solicitó la intervención de las Naciones Unidas, argumentando que Maduro aún goza de inmunidad diplomática.

Este planteamiento reavivó el debate sobre los límites entre la responsabilidad penal internacional y el principio de no injerencia en los asuntos internos de los Estados.

En el plano jurídico, especialistas coinciden en que el proceso será largo y complejo. La fiscalía estadounidense prepara la presentación de un volumen considerable de pruebas, que incluirían registros financieros, interceptaciones de comunicaciones y testimonios de colaboradores que formaron parte de las redes criminales investigadas.

La defensa, por su parte, buscará invalidar el caso cuestionando tanto la legalidad de la captura como la competencia del tribunal. El juicio podría extenderse por más de un año y estar marcado por audiencias clave con fuerte impacto mediático.

Mientras tanto, el futuro político de Venezuela permanece incierto. Algunos analistas consideran posible la conformación de un gobierno de transición que combine sectores del antiguo aparato oficial con representantes de la oposición, como vía para estabilizar el país y preparar elecciones.

Otros advierten que la falta de consensos podría arrastrar a la nación a un nuevo ciclo de confrontación y fragilidad institucional.

En este contexto, el juicio contra Nicolás Maduro trasciende la dimensión individual. Se ha convertido en una prueba para el orden internacional, para la demanda de justicia de millones de venezolanos y para la idea misma de que el poder político no está por encima de la ley.

Cualquiera que sea el desenlace, este episodio ya ocupa un lugar central en la historia reciente de la región y sus consecuencias seguirán resonando durante muchos años.

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