Nadie imaginó que, después de los aplausos y las luces del escenario, Yeison Jiménez dejaría al mundo una historia capaz de estremecer incluso a quienes nunca escucharon su música.
No se trata solo de una herencia, sino del retrato íntimo de un hombre que se preparó para su propia ausencia con una serenidad que hoy provoca respeto, sorpresa y también debate.
Sonia Restrepo encontró el testamento en una pequeña caja fuerte escondida en el despacho personal de Yeison.
El sobre estaba sellado y solo llevaba una frase escrita a mano: “Ábrelo cuando ya no esté”. En ese instante, comprendió que su esposo no había escrito aquellas páginas por miedo, sino por responsabilidad.

El documento no tenía el tono frío de un trámite legal. Cada hoja parecía escrita con la conciencia de quien sabe que el tiempo es limitado.
Allí no solo había cifras y nombres, sino pensamientos, advertencias y una clara intención de proteger a su familia incluso cuando él ya no pudiera hacerlo.
El testamento reveló que Yeison Jiménez no era únicamente un cantante exitoso. Detrás del artista existía un estratega financiero meticuloso.
Sus bienes no se reducían a lo que el público veía en redes sociales. Las haciendas, los caballos y los vehículos de lujo eran apenas la superficie de una estructura diseñada con precisión.
Yeison había creado un sistema legal con fondos fiduciarios blindados, donde Sonia y sus tres hijos figuraban como únicos beneficiarios.
Ningún tercero, ningún pariente lejano, ningún conocido oportunista podía reclamar nada. Todo estaba previsto con un nivel de detalle que sorprendió incluso a los abogados que revisaron el documento.
Cada cláusula estaba acompañada por explicaciones claras. Yeison no solo repartía bienes, también anticipaba posibles conflictos y proponía soluciones. No quería dejar dudas ni heridas abiertas. Quería dejar orden.
En la página doce apareció la mayor revelación. Durante los dos últimos años de su vida, Yeison había construido en silencio una empresa vinculada a la tecnología y la logística.
Era un sistema automatizado de generación de ingresos, diseñado para funcionar sin depender de su presencia. Con ello, buscaba asegurar que su familia jamás quedara a merced de los altibajos de la industria musical.

Escribió que no deseaba que sus hijos crecieran viviendo de su nombre. Quería que tuvieran estabilidad, pero también libertad para elegir su propio camino.
Sin embargo, el capítulo más conmovedor no estaba en los números, sino en un archivo digital guardado junto al testamento.
Allí, Yeison dejó grabaciones de audio y video realizadas durante noches solitarias en hoteles de gira. En esas grabaciones no hablaba el artista, hablaba el hombre.
Uno de los videos estaba dedicado exclusivamente a Santiago, su hijo menor, para ser visto cuando cumpliera dieciocho años.
Yeison no le habló de fama ni de dinero. Le habló de respeto, de humildad, de responsabilidad y de la necesidad de mantenerse firme ante las tentaciones del éxito.

Le recordó que el dinero puede comprar comodidad, pero nunca carácter. Que la verdadera fortaleza está en saber decir no cuando todos esperan que digas sí.
Además, dejó mensajes preparados para cada etapa importante de la vida de sus hijos. Cumpleaños, graduaciones, bodas. Cada momento tenía una palabra guardada, como si Yeison se negara a desaparecer del todo.
Mientras tanto, Camila y Taliana viven su duelo en silencio. Camila, la hija mayor adoptada legalmente por Yeison, suele abrazar la chaqueta de cuero que su padre usó en su último concierto. No llora, pero su mirada permanece perdida durante largos minutos.
Taliana, con solo siete años, camina de puntillas por la casa y susurra el nombre de su padre, convencida de que quizá él solo esté escondido para jugar con ella.
Ambas niñas evitan entrar al estudio de grabación y a la sala de trofeos. Para los adultos son símbolos de éxito. Para ellas, son habitaciones donde la ausencia se vuelve insoportable.

En su testamento, Yeison no pidió monumentos ni museos. No quiso estatuas ni homenajes solemnes. Su última voluntad fue que parte de las regalías de su música se destinaran a un fondo de becas para jóvenes con talento y sin recursos.
Escribió que si su música había inspirado sueños, entonces su dinero debía ayudar a cumplirlos.
También dejó claro qué deseaba para sus hijos. Quería que crecieran con los pies en la tierra. Que entendieran que el dinero es solo papel, pero la dignidad y el trabajo son lo único que realmente define a una persona.
El testamento de Yeison Jiménez no agranda la leyenda del cantante. Revela al hombre que existía detrás del escenario. Un hombre que amó en silencio, que planeó en soledad y que protegió a su familia incluso desde la distancia de la muerte.

Sonia Restrepo no compartió esta historia para provocar lástima. Lo hizo para cerrar rumores y para mostrar que Yeison no partió de manera improvisada. Partió dejando un mapa, una guía y una promesa silenciosa.
Hoy, Colombia no solo recuerda a un artista. Recuerda a un padre que decidió quedarse para siempre en la vida de sus hijos, aun cuando ya no podía estar físicamente junto a ellos.
Y quizás por eso, su última voluntad no se lee como un testamento, sino como una despedida que todavía duele y, al mismo tiempo, enseña.