Madre de Carlos Emilio revela cómo es vivir dos meses con un hijo desaparecido

No existe un miedo más devastador que el instante en que una madre descubre que su hijo ha desaparecido sin dejar rastro.

Para Brenda María Valenzuela Gil, ese miedo no duró horas ni días. Se extendió durante sesenta días, convirtiéndose en una agonía interminable donde el tiempo parece detenerse y la esperanza, aunque frágil, jamás se apaga.

Dos meses después de la desaparición de Carlos Emilio Galván Valenzuela en Mazatlán, Sinaloa, la historia ya no es solo una tragedia familiar.

Es un llamado urgente a reflexionar sobre cómo reacciona el sistema ante casos de desaparición que, a pesar de ser alarmantes, continúan envueltos en irregularidades.

Carlos Emilio, un joven con un futuro por delante, fue visto por última vez la madrugada del 5 de octubre, cuando entró al baño del bar Terraza Valentinos.

Desde ese momento, toda huella se esfumó como si hubiese sido tragada por la noche.

La puerta del baño se cerró y, con ella, comenzó el capítulo más oscuro en la vida de Brenda, quien aún no puede comprender cómo un joven rodeado de gente, en un lugar público, pudo desaparecer sin que nadie pudiera explicar lo ocurrido.

Durante estos dos meses, Brenda prácticamente dejó de tener una vida propia.

Se trasladó sin descanso entre Durango, Mazatlán y Ciudad de México, aferrándose a cualquier pista que pudiera acercarla a su hijo.

En ese camino lleno de incertidumbre, se ha sentado frente a autoridades de todos los niveles, desde fiscalías hasta comisiones de búsqueda y oficinas de derechos humanos.

Ella sostiene que, si no se hubiera movido por cuenta propia, nadie estaría buscando a Carlos con la urgencia necesaria.

En un mensaje reciente difundido en redes sociales, Brenda describió estos sesenta días como una etapa de agotamiento físico, emocional y moral.

Denunció demoras inexplicables, respuestas ambiguas y pasos institucionales confusos que, en más de una ocasión, ella misma tuvo que señalar.

Según relata, encontró contradicciones en los expedientes, detalles pasados por alto y líneas de investigación sin seguimiento.

“El mundo siguió su ritmo, pero mi vida se detuvo. Lo único que no se detuvo fue mi búsqueda”, escribió. No es una frase dramática, sino el testimonio de una mujer que vive atrapada entre la angustia y la esperanza.

Brenda afirma que no ha tenido un solo día de descanso ni una noche de sueño completo desde que perdió contacto con su hijo.

Insiste en que Carlos Emilio no es un número de expediente ni una carpeta engavetada. Es un ser humano, su sangre, su corazón.

Por eso, cada minuto de retraso institucional pesa como una amenaza directa contra la posibilidad de encontrarlo con vida. Para ella, la lentitud burocrática es una herida abierta que no deja de sangrar.

Brenda también expresó su decepción ante instituciones que “abren la puerta solo a medias”, sin el compromiso ni la urgencia que amerita el caso.

Asegura que ha visto pistas ignoradas, versiones cambiadas y respuestas carentes de claridad. Cada explicación insuficiente, cada inconsistencia y cada día sin avances profundizan más su dolor.

“Detrás de cada error, de cada demora, está la vida de mi hijo”, afirma. No se trata de una acusación impulsiva, sino de una llamada a la responsabilidad humana y profesional de aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el rumbo de la historia.

La madre plantea preguntas que miles de familias en situaciones similares se hacen: “¿Cuánto más debo esperar? ¿Cuándo actuarán como si fuera su propio hijo?”

Estas interrogantes resumen la frustración de quienes se sienten abandonados por un sistema lento, fragmentado y, a veces, indiferente.

Durante su búsqueda, Brenda ha recurrido a las redes sociales como un instrumento para mantener vivo el caso y evitar que caiga en el olvido.

Cada publicación suya combina desesperación, determinación y coraje. Su objetivo es claro: generar presión social para que las autoridades reaccionen con la rapidez que exige la desaparición de un joven.

Para Brenda, esta lucha no es solo por su hijo. Es también por todas las familias que viven una tragedia similar, por quienes dependen de un aparato institucional que con frecuencia falla.

El caso de Carlos Emilio se ha convertido en símbolo de un problema mayor, uno que exige reformas profundas y un compromiso real con la vida humana.

Brenda cierra su mensaje con un llamado directo a las autoridades: actuar ahora, actuar con urgencia, actuar con humanidad. Tratar cada vida desaparecida como si fuera la de un hijo propio. Porque en esta carrera contra el tiempo, cada segundo importa.

Y en ese llamado, se evidencia no solo el sufrimiento, sino también la fuerza inquebrantable de una madre que se niega a rendirse.

Una madre que no permitirá que el silencio sepulte la verdad. Una madre que seguirá buscando, día tras día, hasta que Carlos Emilio vuelva a casa.

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