Esa no es la Asesina “¿La policía nos está engañando, hay un entremado criminal detrás?

“Esa no es ella”. La frase se repite una y otra vez bajo cada fotografía difundida de la presunta implicada, Gabi N., y ha encendido un debate feroz en redes sociales.

En cuestión de horas, la sospecha tomó forma: ¿nos está engañando la policía?,

¿existe una trama criminal más profunda detrás de la detención?, ¿o estamos frente a una confusión colectiva alimentada por la velocidad digital?

La duda no nació de una contradicción jurídica ni de una falla evidente en el expediente. Nació de una imagen. Más aún, de una imagen equivocada que circuló antes de que las autoridades publicaran la fotografía oficial.

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En el vacío informativo inicial, usuarios comenzaron a compartir la foto de otra mujer con nombre o rasgos similares. Esa imagen, sin verificación alguna, se convirtió en referencia dominante dentro de la memoria colectiva.

Cuando finalmente se difundió la fotografía oficial tras la detención, el público no la comparó con el expediente legal, sino con la imagen errónea que ya había aceptado como verdadera.

Cualquier diferencia en los rasgos faciales, la mirada o la expresión fue interpretada como prueba de un supuesto cambio de persona. El resultado fue inmediato: la narrativa del “intercambio” se expandió más rápido que los datos confirmados.

Es importante comprender un aspecto básico: el rostro humano no es estático. Las fotografías personales suelen tomarse en condiciones favorables, con buena iluminación, ángulo elegido y gesto voluntario.

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En contraste, una imagen de detención se obtiene bajo tensión emocional, iluminación dura y sin preparación previa. Estos factores, aunque parezcan mínimos, modifican de manera significativa la percepción visual.

A ello se suma el impacto del tiempo y el estrés. Semanas de presión, ansiedad, alteraciones en el sueño o cambios de peso pueden transformar la apariencia de una persona.

La expresión se endurece, la piel pierde frescura, la postura cambia. Para un observador no contextualizado, estas variaciones pueden parecer señales de identidad distinta.

Diversos estudios sobre reconocimiento facial señalan que el cerebro no almacena una copia exacta del rostro, sino una versión simplificada.

Cuando la realidad no coincide perfectamente con ese esquema mental, la reacción instintiva es negar la coincidencia. En vez de aceptar que la apariencia puede variar, se opta por concluir que se trata de alguien diferente.

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Sin embargo, el fenómeno no es solo biológico, sino también psicológico. Admitir que se compartió o creyó en una información equivocada resulta incómodo.

La teoría de la conspiración ofrece un alivio cognitivo: desplaza la responsabilidad individual hacia una supuesta manipulación mayor. Es más fácil creer que existe un engaño institucional que reconocer un error colectivo.

Las redes sociales amplifican este proceso. Los algoritmos priorizan el contenido polémico, el que genera indignación y debate.

Videos comparativos, capturas ampliadas, análisis improvisados sobre detalles del rostro circularon con rapidez vertiginosa. El número de interacciones creció, pero la cantidad de pruebas verificables no aumentó en la misma proporción.

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En contraste, el procedimiento judicial se rige por estándares distintos. La identificación no depende únicamente de la percepción visual pública, sino de datos biométricos, registros administrativos y documentación oficial.

En caso de existir una confusión de identidad, el sistema procesal, con participación de la defensa y la fiscalía, tiene mecanismos para detectarla y corregirla. Un error de identidad difícilmente superaría múltiples filtros legales sin ser advertido.

Aquí se revela la tensión central entre dos lógicas. La lógica digital privilegia la inmediatez y la emoción. La lógica jurídica exige tiempo, evidencia y responsabilidad formal.

Mientras en internet una impresión puede convertirse en “verdad” compartida, en tribunales la verdad debe sustentarse con pruebas verificables.

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Las consecuencias de una confusión pública no son menores. Personas que fueron señaladas erróneamente en la etapa inicial enfrentaron acoso, amenazas y daño reputacional, aun cuando no tenían relación con el caso. Una imagen mal atribuida puede alterar vidas en cuestión de horas.

Existe además un elemento cultural que influye en la reacción social. Muchas personas esperan que quien comete un crimen tenga un aspecto fácilmente identificable como “malvado”.

Cuando la presunta responsable parece alguien común, se produce una disonancia incómoda. La normalidad del rostro desafía la expectativa colectiva. Para restablecer la sensación de seguridad, algunos optan por negar la identidad presentada.

Este episodio invita a reflexionar sobre cómo consumimos información en la era digital. La sospecha es legítima en una sociedad democrática.

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Cuestionar a las autoridades forma parte del ejercicio ciudadano. Sin embargo, la sospecha requiere fundamento. La repetición masiva de una afirmación no la convierte en evidencia.

El caso también evidencia cómo la comunidad digital ya no se limita a observar un proceso judicial, sino que intenta anticiparlo y resolverlo antes de que inicie el juicio formal.

Se construyen hipótesis, se comparan fotografías, se elaboran narrativas paralelas. En ocasiones, estas narrativas adquieren más fuerza que los comunicados oficiales.

La pregunta de fondo no es solo si hubo o no un intercambio de identidad. La pregunta más profunda es qué buscamos realmente cuando reaccionamos ante una imagen viral: ¿la verdad basada en pruebas o una explicación que encaje con nuestras percepciones previas?

En un entorno saturado de información, la prudencia se vuelve un valor escaso pero imprescindible.

Mientras la investigación avance por los cauces legales establecidos, el debate digital seguirá activo. Pero conviene recordar que la certeza colectiva no equivale a verdad judicial.

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Entre la sospecha social y la determinación legal existe una distancia que solo puede cerrarse con pruebas, no con impresiones.

En tiempos donde el rostro precede al expediente y la emoción antecede al análisis, el mayor desafío no es opinar rápido, sino esperar con responsabilidad.

Porque en esa espera se juega algo más que una discusión en línea: se juega la credibilidad de las instituciones y la dignidad de las personas involucradas.

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