No fue solo la muerte de Roberto Hernández lo que estremeció a la opinión pública. Lo que sacudió a
la sociedad fue la certeza de que un ser humano pudo ser arrastrado más de dos kilómetros sobre el asfalto y luego abandonado como si su vida no hubiera tenido ningún valor.
Y después, no desapareció una sola persona, sino toda una familia, dejando tras de sí un rastro de preguntas sin respuesta.
La noche del 3 de enero en Iztapalapa parecía una más. Roberto Hernández conducía su motocicleta por una vía conocida, sin imaginar que en cuestión de minutos su nombre se convertiría en sinónimo de una de las tragedias más indignantes del inicio de año.

El Honda City azul, manejado por Gabriela Gómez, lo impactó por detrás y lo arrastró bajo el vehículo. Los testigos relatan que el ruido del choque fue suficiente para que varias personas voltearan la mirada. Pero el automóvil no se detuvo.
Durante más de dos kilómetros, el cuerpo de Roberto fue arrastrado sobre el pavimento.
El sonido del metal rozando el concreto, los gritos de quienes intentaban alertar a la conductora, los golpes repetidos contra la carrocería, todo ocurrió en cuestión de minutos, pero fueron minutos suficientes para destruir cualquier posibilidad de supervivencia.
Cuando el cuerpo finalmente se desprendió del vehículo, Gabriela no regresó. No hubo llamada de emergencia. No hubo intento de auxilio. Solo un acelerón y el silencio.
Las cámaras de seguridad registraron el recorrido posterior. Gabriela condujo directamente hasta su casa en Ciudad Jardín, Nezahualcóyotl.
El automóvil aún tenía restos de sangre. En menos de veinte minutos, la familia se reunió. No existe constancia de que alguien haya llamado a la policía o a una ambulancia. En su lugar, comenzó a ejecutarse un plan.
El vehículo fue trasladado a otra zona, se le retiraron las placas y fue abandonado en la vía pública. Cuando la policía llegó a la vivienda, la familia negó haber visto a Gabriela.
Esa versión se desplomó rápidamente, porque las cámaras del sistema C5 mostraban con claridad a Gabriela entrando a la casa minutos después del hecho.
Desde ese momento, el caso dejó de ser considerado un simple accidente de tránsito y pasó a ser investigado como un posible encubrimiento.

Las desapariciones ocurrieron de forma ordenada. David, hermano de Gabriela, salió de México rumbo a Estados Unidos.
Elliot, su esposo y enfermero de profesión, abandonó su empleo, dejó la vivienda y cortó todo contacto. Ingrid, hija de Gabriela, junto con un primo, también desapareció del domicilio.
La policía cateó al menos cinco inmuebles relacionados con la familia. En todos encontró el mismo escenario. Casas vacías. Habitaciones sin personas. Ninguna pista concreta.
Los espacios abandonados revelaban prisa. Ropa aún colgada en los clósets, objetos personales sin empacar.
Pero esa misma prisa mostraba algo más inquietante. No se trataba de la huida desesperada de una sola persona. Era la retirada coordinada de un grupo familiar completo.

Los investigadores comenzaron a cuestionar el origen de los recursos económicos. Gabriela figuraba como propietaria de tres vehículos, una situación poco compatible con el salario promedio de una enfermera.
Trasladar a varias personas, asegurar refugios y facilitar salidas del país exige dinero y contactos. A partir de ahí surgieron las hipótesis sobre una posible ayuda externa, tanto financiera como logística.
Mientras tanto, la familia de Roberto Hernández permanecía atrapada en la espera. Para ellos, Roberto no era un nombre en un expediente.
Era un padre, un trabajador, un hombre con historia y proyectos. Ver cómo los responsables desaparecían uno a uno no solo profundizaba el dolor, sino que erosionaba la confianza en la justicia.

La presión social obligó a las autoridades a revisar el caso en su totalidad. El delito fue reclasificado de homicidio culposo a homicidio calificado.
Entre los agravantes se incluyeron la fuga del lugar de los hechos, la omisión de auxilio, el arrastre de más de dos kilómetros, la ventaja del vehículo contra una motocicleta y el ataque por la espalda.
Con esta tipificación, Gabriela Gómez podría enfrentar una condena de hasta cincuenta años de prisión.
Esta reclasificación tuvo un significado que fue más allá de lo jurídico. Dejó claro que la frontera entre un accidente y un crimen puede estar en un solo gesto.
No todas las colisiones son delitos. Pero todo abandono es una decisión. Y esa decisión convirtió un hecho vial en una tragedia irreversible.
En los debates públicos, muchos se preguntan qué puede llevar a una persona a no frenar. Miedo. Pánico. O una profunda indiferencia hacia la vida ajena.

Pero lo que más indignó fue que ese miedo no se quedó en Gabriela. Se extendió a su familia y se transformó en un pacto de silencio.
Con el paso de los días, el nombre de Gabriela Gómez se volvió símbolo de una historia sin cierre. Dónde está. Quién la ayudó. Quién financió la huida.
Quién abrió las puertas. Son preguntas que aún no tienen respuesta oficial, pero que siguen resonando en cada noticiero, en cada conversación, en cada red social.
Roberto Hernández, en cambio, se convirtió en el símbolo de una víctima a la que no solo le arrebataron la vida, sino también el derecho a mirar de frente a quien la destruyó.
Los dos kilómetros sobre el asfalto dejaron de ser una distancia física. Pasaron a ser la medida exacta entre la conciencia y la evasión.

Este caso plantea una pregunta más profunda para la sociedad. Una persona puede huir después de causar una muerte.
Pero cuando toda una familia decide proteger, callar y borrar huellas, la responsabilidad deja de ser individual. Se convierte en el reflejo de un sistema moral que eligió el camino equivocado.
Hasta hoy, la justicia sigue persiguiendo nombres que se desvanecieron. Y mientras la búsqueda continúa, Roberto Hernández permanece en la memoria de sus seres queridos y en los documentos de la investigación.
Esos dos kilómetros no pueden borrarse del expediente. Y el silencio que rodea a Gabriela Gómez, mientras más se prolonga, más convence a la opinión pública de que el freno que nunca se pisó aquella noche tampoco se activó en la conciencia de quienes decidieron darle la espalda a la verdad.