Diez días después de que un video polémico comenzara a circular en redes sociales, la mujer que trabajó durante años en la casa de Yeison Jiménez decidió finalmente hablar.
Su testimonio no menciona un nombre, no señala un rostro concreto,
pero deja una sensación inquietante: el “asesino” podría no ser una persona, sino una cadena de presiones, traiciones y secretos acumulados durante demasiado tiempo.
Según su relato, la imagen pública de Yeison Jiménez y el hombre dentro de su hogar parecían pertenecer a dos mundos distintos.

En los escenarios, era un artista seguro, exitoso, dueño de una sonrisa que transmitía control. En casa, en cambio, el ambiente se volvía pesado, casi irrespirable.
La empleada describe a Yeison como alguien con un carácter cambiante. Había días en los que se mostraba educado, tranquilo y atento.
Pero también existían jornadas en las que apenas hablaba, evitaba las miradas y respondía con frialdad, como si luchara contra algo que nadie más podía ver. Para ella, esos cambios no eran simples estados de ánimo, sino señales de un desgaste profundo.
En sus últimos meses, Yeison Jiménez vivía en permanente alerta. Visitantes desconocidos llegaban de noche, sin pertenecer al círculo artístico ni familiar.
Entraban, conversaban en privado con él y se marchaban sin despedirse. Eran encuentros breves, pero dejaban una sensación constante de tensión.
Su rutina diaria también se transformó. Dormía poco, comía mal y pasaba largas horas frente al teléfono, sin escribir ni llamar, solo observando la pantalla en silencio.
La empleada asegura que en sus ojos se notaban el cansancio y una confusión que parecía no tener salida.
La seguridad en la casa se volvió obsesiva. Las puertas se revisaban varias veces, las cortinas permanecían cerradas y el personal tenía prohibido abrir a desconocidos o compartir cualquier información.
Yeison repetía frases que hoy suenan como advertencias: “No se puede confiar en nadie” y “Nada es como parece”.

En el ámbito familiar, las grietas también eran visibles. Entre él y su esposa, según el testimonio, se instalaban silencios largos, miradas duras y discusiones que se cortaban cuando alguien más entraba en la habitación. Yeison casi nunca hablaba de su familia con ternura.
En cambio, solía decir que la confianza era un lujo demasiado caro.
Con amigos y socios, el círculo se transformó rápidamente. Viejas amistades desaparecieron y fueron reemplazadas por nuevos rostros.
Para la empleada, esas nuevas relaciones estaban más ligadas al dinero y a los intereses que al afecto. Yeison no encontraba paz en ellas, solo más presión.
El tema financiero era otra fuente constante de angustia. Hacia afuera, su vida parecía cómoda y exitosa. Hacia adentro, lidiaba con inversiones fallidas, deudas pendientes y acuerdos que no daban los resultados esperados.

Mantenía una imagen perfecta frente al público mientras cargaba solo con números que no dejaban de crecer.
La empleada cree que la combinación de problemas económicos, relaciones frágiles y miedo a la traición llevó a Yeison Jiménez a encerrarse en sí mismo. Dejó de compartir lo que sentía. Dejó de pedir ayuda. Eligió el silencio como refugio.
La parte más polémica de su relato aparece cuando habla del “asesino”. Ella no menciona a nadie en particular. Afirma que Yeison estaba rodeado de personas que no buscaban su bienestar.
Que confió en quienes no debía. Que se involucró en situaciones que escapaban de su control. Y que, poco a poco, fue empujado hacia un callejón sin salida.
Para ella, la muerte de Yeison Jiménez no fue un hecho repentino si se observa desde dentro. Fue la consecuencia de una larga acumulación de presiones, traiciones y secretos que solo quienes estaban cerca lograron percibir.

Sin embargo, es importante subrayar que todo lo expuesto proviene de un testimonio personal. No existe, hasta ahora, confirmación oficial ni verificación independiente de estas afirmaciones. Por eso, aunque el relato impacta, también exige prudencia.
Lo que más conmueve al público no es solo lo que se dice, sino la pregunta que queda flotando: ¿y si la tragedia de Yeison Jiménez no es solo la historia de un artista, sino el reflejo de un sistema donde la fama, el dinero y los intereses terminan asfixiando a la persona?
El “asesino” de esta historia, si existe, no tiene rostro. Puede ser la soledad. Puede ser la confianza mal entregada. Puede ser una cadena de malas decisiones. O puede ser todo eso al mismo tiempo.

Los diez días de silencio de la empleada terminaron con un relato que no busca solo impactar, sino recordar que detrás de cada figura pública hay una vida privada llena de batallas invisibles.
La pregunta “quién es el asesino” deja de ser una acusación directa y se convierte en una reflexión incómoda sobre cómo, a veces, la presión y el entorno pueden destruir a una persona sin necesidad de un arma.
Y tal vez, el silencio prolongado haya sido siempre la señal más clara de que algo, desde hace tiempo, ya estaba roto.