AUDIO FILTRADO: La LLAMADA SECRETA entre Donald Trump y El MENCHO — El PACTO que México nunca debió saber

Durante años, el nombre de Nemesio Oseguera Cervantes apareció en los informes de inteligencia como el objetivo más peligroso y más escurridizo del continente. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación no solo había construido una de las organizaciones criminales más violentas de América Latina, sino también una estructura logística que desafiaba abiertamente a los aparatos de seguridad de dos países.

Pero hay una pregunta que durante años nadie respondió de forma convincente.

¿Por qué no lo capturaban?

Durante la presidencia de Donald Trump, Washington repitió una promesa con insistencia casi ritual. La guerra contra los cárteles sería total, el tráfico de drogas sería golpeado con más fuerza que nunca y México debía asumir la presión de una política fronteriza diseñada para mostrar resultados inmediatos ante el electorado estadounidense.

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En los discursos, el enemigo estaba claro.

Los cárteles mexicanos.

En la realidad, sin embargo, algo extraño estaba ocurriendo. Mientras la retórica política se endurecía, el imperio criminal del CJNG crecía a una velocidad que incluso sorprendía a los analistas de la Drug Enforcement Administration.

Nuevas rutas.

Nuevos territorios.

Nuevos mercados.

El cártel que apenas unos años antes era considerado una organización regional comenzó a expandirse a más de veinte países, consolidando operaciones desde América Latina hasta Europa y Asia.

Demasiado rápido.

Demasiado visible.

Demasiado cómodo.

Los informes internos de inteligencia describían una paradoja difícil de explicar públicamente. Mientras las agencias estadounidenses intensificaban operaciones contra el Cártel de Sinaloa, especialmente contra la facción conocida como Los Chapitos, el corazón territorial del CJNG en Jalisco y Colima parecía quedar fuera del foco principal de las operaciones internacionales.

No completamente.

Pero sí lo suficiente para que algunos analistas empezaran a hablar en privado de algo inquietante.

Puntos ciegos selectivos.

Es una expresión que en el lenguaje de la inteligencia significa algo muy concreto: la capacidad de ver existe, pero la voluntad de actuar se reduce cuando el objetivo deja de ser prioritario.

O cuando conviene que no lo sea.

La hipótesis comenzó a circular en círculos cerrados de seguridad nacional: el crecimiento del CJNG durante los años de Trump no era solo producto de la violencia o la eficiencia criminal.

Podría haber sido funcional.

Y entonces apareció algo que cambió la conversación.

Un audio.

No un documento oficial.

No un comunicado.

Una grabación que según varias fuentes de inteligencia circuló durante meses entre analistas de seguridad antes de desaparecer de los canales donde había sido compartida.

Una llamada.

Una conversación que, de ser auténtica, cambiaría la forma en que se interpreta uno de los periodos más tensos de la relación entre México y Estados Unidos.

Una voz que algunos identificaron como la de Trump.

Otra que parecía corresponder al propio Mencho.

Una conversación que no hablaba de capturas.

Hablaba de equilibrio.

Porque la lógica que aparece en esa grabación no es la de una guerra frontal contra el narcotráfico, sino la de una administración de riesgos.

Control migratorio.

Equilibrio entre organizaciones criminales.

Monitoreo del mercado de fentanilo.

Tres objetivos que en la superficie pueden parecer contradictorios, pero que desde la perspectiva geopolítica de la seguridad fronteriza encajan con una lógica fría.

Controlar el caos.

No eliminarlo.

La migración irregular en amplias zonas del occidente mexicano no está controlada únicamente por el Estado. En muchos puntos de tránsito, el flujo de personas está organizado por estructuras criminales que cobran por cada cruce, regulan rutas y deciden quién pasa y quién no.

Un cártel con control territorial puede hacer algo que ningún gobierno puede garantizar por completo.

Ordenar el flujo.

Regularlo.

Concentrarlo.

Para una administración obsesionada con mostrar control en la frontera, ese tipo de “orden criminal” puede convertirse en un factor estratégico.

El segundo elemento es aún más delicado.

La rivalidad entre el CJNG y el cártel de Sinaloa había generado una guerra abierta que producía miles de muertos cada año. Pero esa misma guerra convertía al Mencho en una fuente potencial de inteligencia sobre sus enemigos.

Rutas.

Estructuras financieras.

Contactos políticos.

Información que ningún sistema de inteligencia externo podría obtener con la misma precisión.

El tercer elemento es el más perturbador.

El fentanilo.

La crisis de sobredosis más grave en la historia de Estados Unidos ya estaba en marcha cuando Trump llegó a la Casa Blanca. Pero eliminar completamente el tráfico de fentanilo era, para muchos analistas, un objetivo irreal.

Controlarlo era otra cosa.

Un mercado fragmentado entre docenas de grupos criminales pequeños es prácticamente imposible de vigilar.

Un mercado dominado por una organización grande y jerárquica es predecible.

Y lo predecible puede ser monitoreado.

En ese contexto, el CJNG tenía una característica que lo distinguía de otros grupos criminales.

Disciplina vertical.

Una estructura militarizada.

Una cadena de mando clara.

Exactamente el tipo de organización que los analistas de inteligencia consideran más fácil de observar desde fuera.

¿Significa eso que existía un acuerdo formal?

No.

En el mundo de la inteligencia, los acuerdos más delicados rara vez se firman.

Se entienden.

Se construyen con señales.

Operativos que no ocurren.

Información que llega tarde.

Presión que se concentra en otros objetivos.

Durante los años de Trump, ese patrón fue visible para algunos observadores dentro de las propias agencias estadounidenses.

La presión contra Sinaloa aumentó.

Las capturas se multiplicaron.

Las investigaciones financieras avanzaron.

Mientras tanto, el núcleo territorial del CJNG parecía operar con un margen de maniobra que pocos cárteles habían tenido antes.

Hasta que el tablero cambió.

Enero de 2021.

La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca alteró las prioridades estratégicas de Washington. Los equilibrios que habían sido útiles para la administración anterior dejaron de tener sentido político.

La tolerancia operacional desapareció.

La presión regresó.

Y en México apareció un actor clave dispuesto a aprovechar ese cambio: Omar García Harfuch.

El jefe policial que sobrevivió a un atentado brutal en 2020 —atribuido al CJNG— había convertido la persecución del Mencho en una misión personal.

Cuando las señales internacionales cambiaron, el espacio de impunidad comenzó a cerrarse.

Lugartenientes capturados.

Rutas financieras intervenidas.

Operativos con inteligencia cada vez más precisa.

El Mencho entendió el mensaje.

Pero demasiado tarde.

Porque si la grabación filtrada es auténtica, la llamada que selló su destino no fue con Trump.

Fue con Harfuch.

Tres minutos.

Eso es lo que, según las fuentes que conocen esa conversación, duró la última comunicación entre el hombre más buscado de México y el funcionario que llevaba años siguiéndole el rastro.

El Mencho intentó negociar.

Ofreció información sobre sus enemigos.

Ofreció nombres.

Ofreció rutas.

Incluso insinuó que existían pruebas comprometedoras de acuerdos que involucraban a actores políticos de alto nivel en Estados Unidos.

Pero la respuesta fue fría.

El tablero había cambiado.

Y las piezas también.

Porque en el ajedrez del narcotráfico internacional, los capos no son los jugadores.

Son las fichas.

Y cuando una ficha deja de ser útil, se mueve.

O se elimina.

El verdadero misterio, sin embargo, no es la caída del Mencho.

Es lo que pudo haber guardado durante años como seguro de vida.

Archivos.

Grabaciones.

Registros de transferencias.

Pruebas de contactos que nunca debieron existir.

Si ese material existe y sigue oculto en algún lugar, entonces la historia que hoy parece cerrada podría ser apenas el inicio de un escándalo internacional de dimensiones impredecibles.

Porque si el pacto fue real, la pregunta ya no sería si ocurrió.

Sería quién sabía.

Y quién decidió callar.

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