Culiacán amaneció a finales de enero envuelta en un silencio tenso.
La mañana del 21 dejó al descubierto una escena que estremeció a la ciudad: un cuerpo envuelto en plástico, colocado junto a una cartulina con un mensaje directo y amenazante.
La advertencia, atribuida a La Mayiza, iba dirigida a los llamados “Pokémones”, señalados por su presunta participación en el secuestro de Nicholette. Ya no se trataba de rumores ni de susurros en la sombra.
El conflicto entre facciones criminales se mostraba sin filtros, con un cadáver como mensaje y una amenaza escrita a mano que sugería que todas las líneas habían sido cruzadas.

De acuerdo con fuentes locales, el texto hacía referencia al principio de “ojo por ojo” y denunciaba que mujeres y niños inocentes habían sido atacados.
El impacto público no se debió solo a la brutalidad del mensaje, sino también a la identidad de la víctima. Todo apunta a que se trataría de un familiar de personas directamente vinculadas al secuestro de Nicholette, entre ellas Miguelío y Cristian Alan.
Este detalle encendió las alarmas sobre una nueva fase de violencia, en la que las represalias ya no se limitan a los actores directos, sino que alcanzan a sus familias.
Las investigaciones preliminares indican que imágenes captadas por cámaras de seguridad en la zona de Cyberdrop permitieron identificar a varios implicados en el caso Nicholette. Sin embargo, lejos de calmar los ánimos, esa información aceleró la escalada.
Nuevas amenazas y ataques comenzaron a circular, reflejando una tensión creciente entre grupos que disputan el control y la influencia en la ciudad.
Analistas señalan que el momento en que mujeres fueron convertidas en objetivo marcó la ruptura de un límite tácito, transformando el conflicto en algo aún más imprevisible.
En el centro de las críticas aparece el grupo de jóvenes armados conocidos como “Pokémones”. Se trata de reclutas recientes, muchos de ellos apenas saliendo de la adolescencia, que aceptan encargos de alto riesgo y violencia extrema a cambio de dinero o de una falsa sensación de poder.
Miguelío, uno de los nombres más citados, tenía antecedentes por robo y llegó a ser reportado como desaparecido en el pasado.
Su trayectoria resume el destino de muchos jóvenes atrapados en una espiral donde la marginalidad, la violencia y el reclutamiento criminal se refuerzan mutuamente.

Mientras tanto, las acusaciones alcanzan a los niveles más altos de mando. Voces críticas señalan a la cúpula de Los Chapitos, y en particular a Iván Archivaldo, como dirigentes que operan desde la distancia.
Se les describe como líderes ausentes, presuntamente resguardados en territorios más seguros, mientras sus subordinados y las familias de estos enfrentan las consecuencias en Culiacán.
Aunque estas versiones no han sido confirmadas oficialmente, han alimentado un debate público sobre quién paga realmente el precio de esta guerra.
Especialistas en seguridad advierten que el patrón actual revela una irresponsabilidad estructural. Los sicarios de bajo rango son tratados como piezas desechables. Cuando ejecutan actos de extrema crueldad, la respuesta recae sobre sus seres cercanos.
El cuerpo hallado envuelto en plástico no representa solo una víctima más, sino una advertencia dirigida a cualquiera que considere integrarse a estas filas, subrayando que el castigo puede extenderse más allá del individuo.

Para la población de Culiacán, el miedo comienza a normalizarse. Secuestros, cuerpos abandonados con mensajes intimidantes y amenazas cruzadas entre bandas forman parte del paisaje cotidiano.
La vida diaria se desarrolla bajo una sensación constante de vulnerabilidad, donde incluso quienes no tienen vínculo alguno con el crimen pueden quedar atrapados en una represalia.
Organizaciones civiles alertan sobre el daño psicológico profundo que esta normalización de la violencia provoca, especialmente en niños que crecen rodeados de estas escenas.
El caso Nicholette, que inició como un secuestro que sacudió a la opinión pública, se ha convertido en un símbolo de una escalada fuera de control.
Revela una realidad inquietante: la confrontación ya no gira solo en torno al territorio o al poder, sino que se sostiene sobre el miedo y la venganza.

Mientras los jefes buscan preservar su propia seguridad, la ciudad queda expuesta a un ciclo de violencia que parece no tener fin.
Las próximas semanas se perfilan críticas. Analistas advierten que, sin una respuesta firme y sostenida por parte de las autoridades, el espiral continuará, arrastrando a más familias inocentes.
En ese escenario, una pregunta domina el ambiente en Culiacán: si existe aún una salida para una ciudad empujada al límite, o si las cartulinas con amenazas seguirán sustituyendo la voz de la ley y de la conciencia colectiva.