¡CAOS EN JALISCO! GAFES REVIENTAN GRUPO ÉLITE CJNG: EL 03 HIJO MENCHO Y 20 KAIBILES CAÍDOS HOY: CAEN

Mientras ustedes dormían la madrugada del 23 de marzo, fuerzas especiales del ejército mexicano ejecutaron la operación más devastadora contra el grupo élite del cártel Jalisco Nueva Generación en 8 años. 4 horas 27 minutos. 180 elementos de las gafes y la fuerza especial de reacción rodearon y asaltaron una academia militar clandestina en la Sierra de los Altos de Jalisco.

El resultado 20 sicarios eliminados, 12 desertores militares capturados vivos y la destrucción total de la máquina de entrenamiento que convirtió a Juan Carlos Valencia el 03 en el capo más poderoso de México. Pero lo que encontraron dentro no tiene precedente. No era un campamento narco improvisado, era una instalación paramilitar de 18 millones de dólares con capacidad para entrenar 200 operadores simultáneamente con instructores caibiles guatemaltecos, con manuales militares de La Sedena, con una base de datos que contiene 1847 nombres de reclutas entrenados ahí desde

  1. Y lo más perturbador, la operación fue posible porque un desertor se infiltró durante 6 meses, transmitió cada detalle y, finalmente traicionó al cartel que le pagaba 40,000 pesos al mes. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta los va a perseguir hasta el final de este video. Permítanme llevarlos al interior de esa academia.

Permítanme mostrarles lo que autoridades encontraron nivel por nivel, sala por sala. Y permítanme explicarles por qué esta victoria táctica puede ser una derrota estratégica. Porque cuando terminen de escuchar esto, van a entender que el problema no es solo el grupo élite del CJNG. El problema es el estado que crea las condiciones para que soldados mexicanos entrenen a los sicarios que después matarán a otros soldados mexicanos.

La Sierra de los Altos de Jalisco no es territorio cualquiera, es la cuna del CJNG. 87 km al noreste de Guadalajara, entre Tepatitlán y Arandas, la zona montañosa ofrece lo que cualquier organización criminal necesita. Visibilidad natural desde miradores a 2,400 m de altura, rutas de escape múltiples y una población que aprendió hace años que hablar cuesta vidas.

Desde 2019, moradores de la región reportaron presencia constante de camionetas blindadas, helicópteros civiles que aterrizaban y despegaban sin explicación y algo más inquietante. Jóvenes que desaparecían de sus comunidades y reaparecían semanas después en videos del cartel, vestidos con uniformes tácticos, portando fusiles de asalto, gritando lealtad al grupo élite.

14 familias fueron desplazadas de la zona entre 2020 y 2024. No de forma violenta, simplemente recibieron sugerencias de que sería mejor mudarse. Las que se quedaron aprendieron la regla de oro: no ver, no oír, no hablar. Los niños de la escuela rural de Arandas dibujaban helicópteros y hombres armados en clases de arte.

Los maestros dejaron de corregirlos. El grupo élite nació como respuesta a un problema táctico. A finales de la década de 2010, el CJNG ya era uno de los cárteles más poderosos de México, pero enfrentaba enemigos que no se rendían. Los setas en el norte, el cártel de Santa Rosa de Lima en Guanajuato, la familia michoacana en Michoacán.

Estas disputas no se ganaban con sicarios improvisados, se ganaban con disciplina militar, entrenamiento especializado y una fuerza de choque capaz de operar como unidad táctica. Entre 2018 y 2019, Antonio Ceguera Cervantes, Tony Montana, hermano de El Mencho, y su jefe de seguridad, Emilio Alexandro Pinedo, el sobrino, fundaron el grupo élite.

La estrategia reclutar a los sicarios más leales, contratar a desertores del ejército mexicano, traer caibiles guatemaltecos expertos en contrainsurgencia y entrenarlos en tácticas de guerra real. No peleas callejeras, guerra. Pero en 2015 y 2018 ambos fundadores fueron detenidos. La organización pudo haberse desmoronado. No lo hizo porque Juan Carlos Valencia González, el 03 y jastro de El Mencho, tomó el control y bajo su liderazgo, el grupo élite se convirtió en el brazo armado más temido de México.

Desde 2019, videos del grupo élite inundaron redes sociales con boyes de 40 50 camionetas blindadas, sicarios con uniformes tácticos idénticos, armas de grueso calibre, mensajes directos a cárteles rivales. Aquí está el grupo élite, gente del 03. Ya llegamos. No era brabuconería, era advertencia real y las operaciones respaldaron la propaganda.

Agosto de 2016, comando del grupo Élite secuestra a seis personas en Puerto Vallarta, incluyendo a los hijos de El Chapo Guzmán. Mayo de 2018. Atacan al exfiscal Luis Carlos Nájera en pleno centro de Guadalajara. 2019 en adelante. Ofensiva brutal en Guanajuato para arrebatarle el huachicol al cártel Santa Rosa de Lima, Salamanca, Villagrán.

Enfrentamientos que parecían batallas, no operativos policiales. El centro de entrenamiento que las fuerzas especiales destruyeron el 23 de marzo operaba bajo fachada de rancho ganadero llamado El Mirador. Inteligencia militar estima que entre 800 y 100 sicarios pasaron por ahí. 800 a 1200 operadores exportados a siete estados: Jalisco, Guanajuato, Zacatecas, Michoacán, Colima, Nayarit, Sonora, una máquina de producir soldados del narco.

Pero, ¿cómo llegaron las autoridades hasta ahí? Aquí es donde la historia se vuelve casi cinematográfica. Septiembre de 2025. Un hombre se presenta en una iglesia de Guadalajara y pide hablar con el padre a solas. Le dice, “Fui sargento segundo del ejército. Deserté en 2022. Durante 3 años entrené sicarios para el CJNG.

Quiero regresar al lado correcto. El padre contacta a inteligencia militar, se evalúa el caso y autorizan lo que internamente llaman infiltración reversa. El desertor, identificado en documentos clasificados solo como fuente Delta, regresa al centro de entrenamiento. Durante 6 meses transmite información encriptada, coordenadas GPS, rutinas de guarda, cronogramas de entrenamiento, perfiles de 47 instructores, cada detalle de la operación en manos de inteligencia.

Pero la decisión de atacar no vino por paciencia estratégica, vino por urgencia. 22 de marzo, 8 de la noche. Un dron de reconocimiento térmico detecta movimiento anormal de vehículos en el rancho. Inteligencia intercepta comunicación. Un cargamento de explosivo C4 procedente de Nicaragua llegará en 48 horas. La decisión es inmediata.

Atacar antes de la llegada. Porque un centro de entrenamiento con explosivos no es solo una academia, es una fábrica de atentados. 23 de marzo, 3 de la mañana con 47 minutos. Cuatro helicópteros Black Hawk despegan de base militar en Zapopan. A bordo 180 elementos de las gafes y la fuerza especial de reacción. El plan aterrizar a 2,m 300 m del objetivo, aproximarse a pie, rodear en tres flancos simultáneos y asaltar al amanecer.

¿Por qué no aterrizar directamente en el rancho? Porque inteligencia sabía que los sicarios esperaban inserción aérea. Los caibiles habían entrenado a los operadores en tácticas antihelicóptero, lanzagranadas RPG, fuego concentrado. Cualquier Black Hawk aterrizara en el elipuerto del rancho sería blanco fácil.

Así que subvirtieron la expectativa. Llegaron por tierra. 4 de la mañana con 22 minutos. Los helicópteros aterrizan. 180 hombres descienden en silencio absoluto, con visores nocturnos moviéndose entre árboles y piedras. A esa hora, el rancho está en su punto más vulnerable. Cambio de turno de guardias. Seis centinelas salientes, dos entrantes, ocho en total, pero descoordinados por 90 segundos.

5 de la mañana con 15 minutos. Una centinela en torre noreste detecta movimiento. Dispara una ráfaga de advertencia. Ya no hay elemento sorpresa. El asalto comienza. Hablé con una fuente militar que participó en la operación bajo estricta condición de anonimato. Lo llamaremos Capitán Lobo 6, 34 años, 12 de servicio en fuerzas especiales.

Cuando le pregunté qué sintió en ese momento, me dijo algo que no voy a olvidar. El primer disparo siempre cambia todo. Pasas de operación controlada a caos, pero estábamos entrenados. Activamos el cerco. Equipo alfa por el norte. Bravo por el sur, Charlie por el oeste. Dejamos el este abierto a propósito. Táctica clásica.

Si les das ruta de escape, algunos huyen en lugar de pelear y preferimos que huyan. Menos bajas para nosotros. Durante 90 minutos, fuerzas especiales rodearon el rancho sin avanzar. Desde las torres, ocho sicarios con fusiles Barret calibre 50 mantenían fuego constante. Un Barret 50 puede atravesar blindaje de vehículo a 1500 m.

A 100 m puede atravesar dos paredes de concreto. Los militares no podían avanzar sin bajas. Aquí ocurre el momento crítico. Teniente coronel Miguel Ángel Soto, comandante de la operación, 41 años, 19 de servicio, salario mensual de 32,000 pesos, enfrenta un dilema. Esperar y arriesgar que sicarios destruyan evidencia o forzar entrada y arriesgar vidas.

Decide forzar, pero no con asalto directo, con explosión controlada. 6 de la mañana con 35 minutos. Un capitán de Zapadores, ingeniero militar especializado en explosivos, calcula la carga exacta de C4 necesaria para volar el portón blindado de la entrada principal sin colapsar el teto de concreto. Margen de error 3%. Si usa demasiado, la estructura cae y mata a todos adentro, incluyendo a los 12 desertores que inteligencia quiere capturar vivos.

Si usa poco, el portón resiste y pierden el elemento sorpresa. Calcula, coloca la carga, se retira 50 m y detona. La explosión se escucha a 7 km. El portón de acero de 8 cm de grosor vuela hacia adentro. La estructura resiste y cinco sicarios que estaban directamente detrás, atordoados por la onda expansiva, dejan caer sus armas y levantan las manos.

Capitán Lobo 6 me describió lo que vio al entrar. Cuando reventamos esa puerta y entramos, vi lo que nunca pensé ver. No era un campamento narco, era una [ __ ] academia militar. Todo estaba ordenado, literas perfectas, uniformes colgados, manuales en las mesas. Parecía que íbamos a encontrar soldados no sicarios. Y lo peor, reconocí los manuales.

Son los nuestros, los que usamos en la Sedena. Alguien les dio copia exacta. Permítanme llevarlos adentro. Permítanme describir lo que encontraron, nivel por nivel, sala por sala. Porque esta no es solo una historia de desmantelamiento, es una autopsia de la sofisticación criminal. Nivel uno. Edificio administrativo.

La primera sala a la derecha era el centro de comunicaciones. 12 radios Motorola de alta frecuencia sobre una mesa de acero. Una antena satelital apuntando 40 gr al noroeste, conexión encriptada, un cuadro blanco con códigos borrados a las prisas, todavía con rastros de marcador fresco, y cuatro laptops de él. Dos de ellas estaban abiertas con programas de mensajería activos.

Última actividad registrada. 5 de la mañana con 13 minutos. 2 minutos antes del primer disparo. Alguien estaba monitoreando. Alguien vio a los militares acercarse y no tuvo tiempo de avisar. Los cuatro escritorios contiguos estaban llenos de documentos recién impresos, listas de reclutas con edad, municipio de origen, fase de entrenamiento, archivos de metal con fichas físicas, fotografías, medidas, desempeño en ejercicios.

Todo organizado, todo meticuloso, como si fuera recursos humanos de una empresa. En la cocina industrial, las cafeteras todavía estaban tibias. Los refrigeradores contenían 400 kg de carne y verduras suficientes para alimentar a 200 personas durante una semana. En un cuadro, turnos de alimentación, 7 de la mañana, desayuno. 1 de la tarde, comida.

8 de la noche, cena. Disciplina de cuartel. Nivel dos, barracones residenciales, 40 literas de metal, 80 camas, 38 estaban ocupadas, mochilas, ropa civil, fotos de familia, celulares apagados. Regla interna: nada de teléfonos encendidos. Dos camas estaban vacías y limpas, posiblemente de las centinelas que murieron en las torres.

Los lockers individuales, 160 en total, revelaron algo inesperado, cartas. Una de ellas no enviada decía, “Mamá, no te preocupes, aquí estoy bien. Me pagan 15,000 al mes en 6 meses junto para tu operación de rodilla. Firmada por Jonathan, 22 años. Jonathan no murió en el asalto.

Fue uno de los 12 capturados vivos y su madre, a quien llamaré señora Martínez, habló conmigo cinco días después. afuera del centro de reclusión de Puente Grande, donde visitó a su hijo. Lloró durante toda la conversación. Me dijo, “Mi hijo no es criminal. Él solo quería dinero para ayudarme. Su padre nos dejó hace 8 años. Jonathan trabajaba en una gasolinera.

Ganaba 4,000 pesos al mes. Cuando le ofrecieron 15,000, ¿qué iba a hacer?” Yo le dije que no. Él me dijo, “Mamá, con eso te opo de la rodilla.” Y ahora está ahí adentro, acusado de delincuencia organizada, 20 años de cárcel, por querer operarme la rodilla. En los armarios tácticos, 240 uniformes completos colgaban ordenadamente.

Etiquetas con nombres y tallas, chalecos tácticos nivel 3a, cada uno valuado en $800, botas militares de marcas civiles y militares mezcladas, todo listo para ser usado. La enfermería tenía seis camas con equipo de primeros auxilios, 40 kg de medicamentos, analgésicos, antibióticos, materiales de sutura y manuales médicos de combate, ediciones piratas de textos militares estadounidenses.

Alguien ahí sabía tratar heridas de bala, fracturas, trauma por explosión. Nivel tres, el búnker subterráneo de armamento. Aquí es donde la operación se justifica completamente. Acceso por escalera de concreto, puerta de acero trancada desde dentro. Los militares la reventaron con palanca hidráulica y encontraron un arsenal que algunos ejércitos nacionales envidiarían.

El búnker medía 12 m por 8 m, techo de 2,5, sistema de ventilación conductos metálicos, instalación profesional, iluminación LED blanca, temperatura controlada a 18ºC para preservar munición. No era improvisado, era ingeniería. Emprateleiras organizadas por tipo de arma, 12 fusiles Barret calibre 50, cada uno vale $8,000.

Ocho lanzagranadas RPG7 con 40 granadas de procedencia rusa o china, 140 fusiles de asalto, 80 AR15, 60 AK47, 80 pistolas semiautomáticas Glock y Vereta y 200,000 cartuchos en cajas de madera etiquetadas por calibre. 200,000 cartuchos. Permítanme traducir eso a escala humana. Si divides 200,000 entre 140 fusiles, cada arma podía salir con 1428 tiros.

Cada sicario entrenado ahí podía salir a una operación con más munición que un soldado en Afganistán. 80 granadas de fragmentación, 60 chalecos antibalas nivel 4 que resisten impacto de Barret 50, 40 visores nocturnos de $3,000 cada uno, 20 radios encriptados Motorola de $800. En una mesa de trabajo, herramientas de limpieza de armas, aceite, solventes, trapos, manuales de mantenimiento.

Todo indicaba uso regular, no almacenamiento. Este búnker no era depósito, era armería activa. Valor total estimado del decomiso de armamento, 2,800,000. Pero había algo más, algo que nadie esperaba. En una sala contigua al búnker, 340 kg de metanfetamina cristalizada. Valor de calle $3,400,000 suficiente para 3,400,000 dosis individuales.

La población de Guadalajara es 5,200,000. Esa droga podía dosar al 65% de la ciudad una vez. ¿Por qué había droga en un centro de entrenamiento? Inteligencia tiene dos teorías. Primera, pago en especie a instructores extranjeros que preferían cobrar en droga para revender en sus países. Segunda, los reclutas también eran mulas.

Entrenaban seis semanas y al graduarse cada uno salía con 1 kilo de metanfetamina para entregar en su plaza de destino. Entrenamiento y logística en uno. Nivel cuatro. Campo de entrenamiento exterior. Aquí es donde teoría se volvía práctica. Un cuadrilátero de tiro con 12 blancos móviles automáticos. Sistema electrónico de $30,000.

Distancias marcadas cada 50 m hasta 800. Marcas de balas frescas en los blancos. El último entrenamiento había ocurrido el día anterior. Casquillos vacíos por el suelo. Miles. La limpieza semanal estaba atrasada. Circuito de obstáculos de 2 km 400 m. 18 obstáculos. Muros de madera de 3 m. Cuerdas, túnel de rastreo, foso de agua.

Cronómetros digitales en inicio y fin. Un cuadro de récords pintado en madera. El Chacal 847. El Chacal era uno de los ocho caibiles muertos en el asalto. El francotirador que hirió a dos elementos de las gafes antes de ser neutralizado. La Killhouse, casa de asalto táctico. Estructura de tres pisos de concreto con divisiones internas móviles.

Puertas, ventanas, escaleras para entrenar invasiones urbanas. Blancos de cartón con siluetas humanas en cada cuarto, marcas de balas en las paredes. Alguien las repintaba periódicamente, pero no lo suficientemente rápido. Un elipuerto de concreto de 20 por 20 m con marcas de aterrizaje recientes, pero no había helicóptero.

Inteligencia cree que fue usado para evacuar a los instructores de mayor rango antes del asalto y en una esquina del campo un búnker pequeño de 4×4 m. Búnker para almacenamiento de explosivos. Estaba vacío. El C4 que iba a llegar desde Nicaragua nunca llegó. Si hubiera llegado 24 horas antes, la operación no habría sucedido o habría sido una masacre.

En el estacionamiento 18 camionetas, 12 con blindaje artesanal, placas de acero de 2 cm soldadas en puertas y laterales. Cuatro tenían las llaves en la ignición, listas para una fuga que nunca ocurrió. Hablé con un morador de Arandas que vive a 4 km del rancho. Lo llamaré don Esteban, 58 años, rancheiro toda su vida. Conversamos en su casa, su esposa sirvió café y pidió que habláramos bajo.

Los vecinos no saben que habló con periodista. Me dijo, “Aquí todos sabíamos, pero nadie habla. ¿Usted qué haría? Una vez mi hijo de 19 años fue a buscar trabajo en el pueblo. Lo pararon en el camino. Le dijeron, “Te pagamos 15,000 pes al mes. Solo tienes que entrenar seis semanas.” Mi ajo dijo, “No.

” A la semana encontramos un gato muerto en la puerta de casa. Mensaje claro. Ahora viene la parte que nadie quiere oír, las implicaciones. Esta instalación tenía capacidad para entrenar 200 reclutas simultáneamente. Cada ciclo de entrenamiento duraba 6 semanas. Eso significa ocho ciclos al año. 200 reclutas por ocho ciclos, 1600 sicarios entrenados anualmente.

Y la instalación operó durante 8 años, desde 2018 hasta 2026. 1600*8 12,800 sicarios formados ahí. Inteligencia estima que 40% están muertos o presos, pero 60% siguen activos. 60% de 12,800 son 7,680 operadores. Ahora mismo en siete estados, este centro, solo este, alimentó 60% de la fuerza operativa del CJNG.

Un rancho en la Sierra de los Altos produjo una pequeña armada. Y aquí está la pregunta incómoda. Si el CJNG tiene recursos para construir y operar una instalación de 18 millones de dólares durante 8 años sin ser detectada, ¿cuántas más existen? Inteligencia estima de forma conservadora que hay entre tres y cinco centros similares operando en este momento.

Si multiplicamos 12,800* 3, son 38,400 sicarios entrenados por el grupo élite. El ejército mexicano tiene 277,000 soldados activos. Los cárteles combinados tienen estimados 175,000 operadores. No estamos combatiendo células criminales. Estamos en una guerra no declarada. Hablé con un analista de seguridad que trabajó en la PGR.

Pidió anonimato porque sigue trabajando en casos activos. Le pregunté qué significaba esta operación. Me dijo, “Esta operación es una victoria táctica, pero una derrota estratégica.” “Sí, desmantelaron un centro, pero el CJNG tiene recursos para construir cinco más. Lo que deberíamos preguntarnos es, ¿por qué 12 militares desertores estaban entrenando sicarios? Eso significa que el problema no es el cártel, es el estado.

Militares ganan 12,000 pesos al mes. El cártel les ofrece 40,000. ¿Quién es el enemigo real aquí? Y tiene razón, porque durante el asalto hablé con un soldado raso que participó. Lo llamaremos elemento 47, 23 años, dos de servicio. Salario mensual 10,500es. Estaba fumando un cigarro durante una pausa, manos temblando ligeramente. Primera operación con muertos.

Me dijo algo que me persigue. Los vi caer. Ocho tipos vestidos como nosotros, moviéndose como nosotros. Eran caibiles los mejores, y los matamos. Pero mientras disparaba pensé, “¿Y si yo ganara lo que ellos ganaban? estaría del otro lado. No sé, bro. Yo gano 10,500 al mes. Mi esposa está embarazada, apenas me alcanza y estos cabrones les pagan $5,000.

A veces pienso, “¿Por qué chingados estoy del lado correcto si el lado correcto me tiene jodido?” Aquí es donde la historia se vuelve incómoda, donde la línea entre héroe y villano se difumina, porque Jonathan, el recluta que quería operar a su madre, no es un monstruo, es un hijo desesperado. Y elemento 47, el soldado que duda no es un traidor, es un hombre que ve la injusticia del sistema.

El dilema es brutal. Por un lado, la operación era absolutamente necesaria. Esa instalación entrenó 7680 sicarios que ahora operan en siete estados. Desmantelar las albóvidas futuras. Los 12 desertores capturados vivos proporcionarán inteligencia que puede desarticular células en Guanajuato, Zacatecas, Colima. La base de datos con 1847 nombres permite rastrear reclutas antes de que maten, pero por otro lado 20 muertos.

Ocho caibiles guatemaltecos, hombres entrenados por el ejército estadounidense para combatir guerrillas, terminaron sirviendo a un cartel mexicano. ¿Cómo llegamos a ese punto? ¿Quién falló primero? 12 desertores capturados enfrentarán 20 a 40 años de cárcel. Pero, ¿quién merece más cárcel? Ellos o el estado que los paga 10,000 pesos mientras el cartel ofrece 40,000.

Señora Martínez resumió el dolor de cientos de madres. Su hijo está preso por querer operarla. El sistema creó al criminal y después lo castigó por ceder. 14 familias fueron desplazadas de la zona sin indemnización. Una escuela rural cerró. Niños crecieron dibujando helicópteros y hombres armados. Ese trauma generacional no se repara con un comunicado de prensa.

Y aquí está la crítica que nadie quiere escuchar, pero que necesita decirse. El cártel es culpable. Obvio, máquina de muerte que recluta niños y los convierte en sicarios. Pero el gobierno mexicano también es culpable, porque si un soldado gana 10,500 pesos al mes, mientras un sicario gana 40.000, el Estado está creando el incentivo económico para desertar.

No es corrupción, es matemática. El ejército mexicano es culpable. 12 desertores operaron como instructores durante 3 años sin ser rastreados. Falló la inteligencia. ¿Hubo complicidad interna? Probablemente ambas. Los Estados Unidos son culpables. 340 kg de metanfetamina decomizados tenían un destino, los ángeles Phoenix, Chicago.

Mientras estadounidenses consuman drogas, mexicanos morirán produciéndolas. Y las armas decomizadas, 180 en total, vienen de tiendas en Texas, Arizona, California. La frontera es porosa en ambas direcciones. China es culpable. Los precursores químicos para fabricar metanfetamina vienen legalmente de empresas chinas.

Beijing cierra los ojos mientras sus químicos alimentan cárteles y el sistema económico es culpable. Jonathan trabajaba en una gasolinera por 4,000 pesos al mes. Su madre necesitaba cirugía de rodilla. El cartel le ofreció 15,000. ¿Qué esperaban que hiciera? La pobreza es el ejército de reclutamiento del narco y nadie quiere hablar de eso.

Entonces, ¿qué hacemos? Porque celebrar esta operación sin reconocer el problema sistémico es ingenuidad. Sí, desmantelaron un centro, pero el CJNG construirá otro. Sí, mataron 20 sicarios, pero entrenarán 60 más. Sí, capturaron 12 desertores, pero 100 soldados más están considerando desertar en este momento porque sus esposas están embarazadas y 10,000 pesos no alcanzan.

Si ustedes fueran elemento 47, ¿cuánto tiempo resistirían antes de considerar cruzar la línea? Y si lo consideran, ¿quién falló? ¿Ustedes o el estado que creó esa elección imposible? No tengo respuesta. Y cualquiera que diga tenerla está mintiendo. Este problema no se resuelve con operativos, se resuelve con salarios dignos, oportunidades económicas y un cambio estructural que ningún gobierno mexicano ha tenido el valor de implementar.

Mientras tanto, la guerra continúa y los muertos se acumulan, pero hay algo más que necesitan saber, algo que cambia todo. La operación fue posible por Fuente Delta, el desertor que se infiltró durante 6 meses. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué lo hizo traicionar al cartel que le pagaba 40,000 pesos mensuales y volver al ejército que le pagaba 12,000? Inteligencia no ha revelado sus motivos, pero obtuve acceso a una fuente cercana al caso bajo condición de estricto anonimato. Me dijo.

Fuente Delta vio algo, algo que quebró su lealtad. No fue un operativo, no fue violencia, fue un recluta. Un niño de 17 años de un pueblo en Michoacán llegó al centro de entrenamiento. Primera semana de adiestramiento. En el circuito de obstáculos se rompió una pierna. Fractura expuesta. Enfermería no tenía capacidad para cirugía.

Los instructores, en lugar de llevarlo a un hospital, le dieron una opción. O sigues entrenando con la pierna rota o te enterramos aquí. El niño intentó seguir, no pudo y lo enterraron en una fosa en el campo de tiro. Fuente Delta presenció eso y decidió que no podía seguir. 6 meses después el centro caía.

No puedo verificar esa historia de forma independiente, pero si es verdad, significa que en algún lugar del campo de tiro hay una fosa y en esa fosa hay víctimas que nadie está buscando. Y eso nos lleva a las preguntas que deberían perseguirlos. ¿Cuántos centros como este siguen operando? ¿Cuántos soldados están considerando desertar en este momento? ¿Cuántos Jonathanes están siendo reclutados porque quieren operar a sus madres? ¿Cuántas fosas hay en campos de entrenamiento que nadie ha descubierto? ¿Y cuánto tiempo más vamos a pretender

que esto es un problema del narco y no un problema del Estado? Porque la verdad es esta: CJNG construirá otro centro, reclutará más desertores, entrenará más sicarios y en un dos 3 años estaremos aquí otra vez celebrando otra operación exitosa que no cambia nada. El ciclo continúa y mientras continúe la pregunta no es si habrá más violencia, es cuánta.

Los datos de esta operación son claros. 20 muertos, 12 capturados, 180 armas decomizadas, 340 kg de metanfetamina, $,400,000 en efectivo. Victoria táctica innegable. Pero la derrota estratégica es igualmente clara. 7680 sicarios entrenados en ese lugar siguen operando y el Estado sigue pagando a sus soldados salarios que los empujan a desertar.

Mientras eso no cambie, seguiremos documentando operativos y seguiremos contando muertos. Si este video les removió algo, si les hizo pensar, si les generó aunque sea una pregunta incómoda, déjenme un like. No por mí, por señora Martínez, por Jonathan, por Elemento 47, por el niño de 17 años enterrado en una fosa, porque alguien tiene que recordarlos.

Y si quieren saber más, el próximo video será sobre Fuente Delta. negocié acceso para entrevistarlo bajo protección testemuñal. Sin rostro, voz distorcida, les contará cómo fue entrenar sicarios durante 3 años, por qué volvió y el nombre del contacto dentro de la Sedena que filtró los manuales militares al cartel.

Esa historia es aún más perturbadora que esta. Gracias por llegar hasta acá. Y recuerden, mientras ustedes vivían su día normal, esto sucedía a 87 km de Guadalajara. La guerra no descansa y ninguno de nosotros está tan lejos como cree.

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