El lunes 2 de marzo, bajo un cielo vigilado por helicópteros y con calles bloqueadas por convoyes militares, fue sepultado Rubén Ceguera Cervantes, alias “El Mencho” o “El Señor de los Gallos”, en el Panteón Recinto de la Paz, en Zapopan, Jalisco, uno de los complejos funerarios más exclusivos de la zona metropolitana de Guadalajara.
Desde la víspera, el cuerpo era velado en la funeraria La Paz, en la colonia San Andrés de Guadalajara, donde se desplegó un operativo que parecía más propio de un traslado de alto riesgo que de una ceremonia fúnebre; vehículos blindados, patrullas en cada esquina y revisiones exhaustivas marcaron el ritmo de una despedida rodeada de tensión.
Más de 500 arreglos florales sin firma llegaron al recinto, formando un muro de colores y mensajes anónimos, entre ellos uno con figura de gallo que evocaba el apodo con el que fue conocido durante años; tres grúas fueron necesarias para trasladar los arreglos hacia el panteón, en una imagen que mezclaba ostentación y misterio.
Los asistentes que acudían a la funeraria cubrían sus rostros ante las cámaras, mientras elementos del Ejército Mexicano y de la Guardia Nacional inspeccionaban uno a uno a quienes ingresaban, buscando armas u objetos prohibidos, conscientes de que cualquier incidente podría detonar un nuevo episodio de violencia.

Entre los presentes fue vista Laicha Michelle Oseguera González, hija del fallecido, señalada públicamente por su presunta implicación en la desaparición de dos elementos de la Marina en 2021 tras la detención de su madre, Rosalinda González Valencia; su aparición desató críticas en redes sociales, donde usuarios cuestionaron una posible impunidad, aunque hasta el momento no se ha confirmado la existencia de una orden de aprehensión vigente en su contra.
La mañana del sepelio, el féretro dorado —lujoso, brillante, imposible de ignorar— fue colocado en un convoy de dos carrozas que recorrió aproximadamente 26 kilómetros hasta Zapopan, escoltado por fuerzas federales que bloquearon momentáneamente la circulación para permitir el paso del cortejo.
Helicópteros sobrevolaban de manera constante.
El operativo preventivo, según autoridades, buscaba evitar cualquier agresión por parte de grupos antagónicos o intentos de provocación durante el traslado, en una ciudad que aún resiente los ecos del operativo militar en Tapalpa, donde el líder criminal murió el 22 de febrero.
A la llegada al Panteón Recinto de la Paz, una banda interpretó la canción “El Muchacho Alegre”, mientras el ataúd era descendido y conducido al interior del recinto; alrededor de 80 elementos de seguridad mantenían el perímetro bajo control y los vehículos que ingresaban al estacionamiento eran inspeccionados meticulosamente.
El lugar no es cualquier cementerio.

En este complejo descansan también familiares de figuras como Rafael Caro Quintero, lo que refuerza su reputación como espacio reservado para élites económicas y personajes controvertidos de la región.
Pese al amplio dispositivo, trascendió que un fotógrafo italiano fue golpeado dentro del panteón mientras realizaba labores de cobertura, un incidente que añade un matiz oscuro a una jornada ya cargada de simbolismo y contradicciones.
El cuerpo había sido entregado el sábado 28 de febrero por la Fiscalía General de la República a los representantes legales de la familia en la Ciudad de México, cerrando así un proceso que se desarrolló bajo hermetismo oficial y presión mediática.
¿Fue solo un funeral o una demostración de poder póstuma?
Las imágenes filtradas muestran lujo, control y un despliegue de fuerza que buscó enviar un mensaje claro: el Estado vigila, pero el mito persiste en cada arreglo floral sin nombre y en cada acorde que resonó durante la despedida.
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