Aquella tarde comenzó como cualquier otra. Sin alarmas, sin presagios evidentes, sin una sola señal capaz de anticipar la tragedia.
Sin embargo, cuando el video que registra las últimas horas de Yeison Jiménez empezó a circular, el país comprendió que incluso los detalles más pequeños pueden convertirse en marcas del destino.
La mañana del 10 de enero, Yeison Jiménez salió del hotel en Málaga, Santander, a las 9:28.
Vestía de forma sencilla, sonreía con naturalidad y saludó al personal como si regresara pronto. Nadie imaginó que aquel gesto sería una despedida definitiva.

Durante el trayecto hacia Paipa, Boyacá, el vehículo se detuvo en Belén. Yeison bajó para comprar quesos artesanales y conversó con los vendedores.
Una mujer mayor recordaría después su mirada amable y su tono respetuoso. Fue un instante cotidiano, sin cámaras ni aplausos, pero que hoy pesa más que cualquier fotografía.
A las 14:56, el grupo almorzó en un pequeño restaurante. Yeison pidió trucha y agua de panela. Reía, contaba anécdotas del concierto de la noche anterior y, de repente, cantó una frase que hoy estremece: “Cuando yo muera, no quiero que la gente llore”.
Todos lo tomaron como una broma musical. Nadie pensó que esas palabras quedarían grabadas como una premonición.
Jefferson Osorio, su mánager, confirmó más tarde que Yeison estaba tranquilo y feliz. No hubo despedidas, ni silencios extraños, ni señales de inquietud. Esa serenidad, vista ahora en retrospectiva, es lo que más duele.
Alrededor de las 16:00, el Piper Navajo despegó del aeropuerto Juan José Rondón. Campesinos de la zona relataron que el avión se sacudió apenas dejó la pista.
El motor se apagó por primera vez. El piloto logró reiniciarlo y la aeronave ganó altura por unos segundos frágiles. Luego, el motor volvió a apagarse.
Lo que siguió fue una maniobra desesperada. El piloto intentó regresar, pero el avión perdió estabilidad y se precipitó con la nariz hacia el suelo.

Una explosión, seguida de otras dos, sacudió el campo. El fuego y el combustible impidieron que los vecinos se acercaran.
Todo terminó en apenas cuatro minutos.
Seis vidas se apagaron en ese instante. Yeison Jiménez, Wiiseman Mora, Jefferson Osorio, Oscar Marín, Juan Manuel Rodríguez y el piloto Fernando Torres. Seis nombres, seis historias, seis familias marcadas para siempre.
Colombia quedó en silencio. Las redes sociales se llenaron de mensajes de despedida. Canciones de Yeison acompañaron fotografías de sus conciertos y sonrisas. No solo se lloraba a un cantante, sino a un símbolo de esfuerzo, superación y generosidad.
Pero junto al dolor, surgieron las preguntas.

El Piper Navajo fue fabricado en 1980. Sus 45 años despertaron dudas, aunque expertos aseguran que este modelo es seguro si recibe el mantenimiento adecuado.
La altura y el clima de Paipa, con aire más liviano, pueden afectar el rendimiento del motor. También se habló de un posible exceso de peso, aunque hasta ahora no existe confirmación oficial.
Un video previo al despegue muestra una señal de advertencia en el panel. Los especialistas explican que podría tratarse de un régimen mínimo de potencia.
Para la opinión pública, en cambio, esa imagen se convirtió en una alarma que nadie quiere ignorar.
La Aeronáutica Civil de Colombia continúa investigando. Analiza restos, testimonios y datos técnicos. Sin embargo, mientras el informe final no se publique, las dudas siguen creciendo.

¿Se cumplieron todos los protocolos? ¿Pudo evitarse la tragedia? ¿Hubo errores que nunca debieron ocurrir?
Lo que más conmueve no es solo la forma en que Yeison murió, sino la manera en que vivió sus últimas horas. Sin miedo, sin angustia, sin presentimientos visibles.
Almorzó como quien se prepara para un nuevo camino. Cantó sobre la muerte como si hablara de algo lejano.
Y esa contradicción es lo que hace esta historia tan dolorosa.
De un lado, el artista luminoso. Del otro, los restos de un avión. De un lado, la música. Del otro, el silencio. De un lado, el futuro. Del otro, el final.
Para su familia, la pérdida es una herida abierta sin respuestas. Para sus seguidores, un vacío imposible de llenar. Para el país, una lección amarga sobre lo frágil que puede ser la vida.

Cuatro minutos cerraron una existencia. Pero el video de las últimas horas de Yeison Jiménez abrió una herida que Colombia aún no logra sanar.
Hay tragedias que no solo se lloran, también se cuestionan. Porque detrás del dolor queda una verdad incómoda: un ser humano puede desaparecer en segundos, pero su historia puede perseguir a toda una nación por mucho tiempo.
Yeison Jiménez vivió para la música. Partió en silencio, bajo el cielo de Boyacá. Y esos cuatro minutos finales, aunque nadie quiera volver a verlos, ya forman parte de la memoria colectiva de Colombia.