Un video de apenas unos minutos, publicado cuando la mayoría del país dormía, bastó para volver a sacudir a toda la industria musical colombiana.
Jessi Uribe apareció frente a la cámara con el rostro cansado, la voz tensa y un tono que oscilaba entre la rabia y la desesperación.
Su mensaje, dirigido a Giovanni Ayala, reabrió viejas heridas y sembró nuevas preguntas sobre la muerte de Yeison Jiménez, un caso que para muchos aún no está completamente cerrado.
La transmisión, realizada poco después de las tres de la madrugada, no tuvo forma de comunicado oficial. No hubo frases medidas ni lectura de un texto preparado.

Fue, según quienes la vieron en directo, una descarga emocional. Minutos después, el video desapareció de las plataformas, pero ya había sido guardado y compartido por numerosos usuarios.
Desde ese momento, dejó de ser un desahogo personal para convertirse en un documento polémico.
En sus palabras, Jessi negó de manera categórica cualquier vínculo con la tragedia de Yeison Jiménez. Aseguró que estaba siendo arrastrado a una narrativa que no le pertenecía y que su silencio anterior no debía interpretarse como culpa, sino como respeto por la memoria de un amigo.
Sin embargo, esa misma intervención fue la que abrió la puerta a una serie de acusaciones que no tardaron en dividir a la opinión pública.
Uribe afirmó que Giovanni Ayala había utilizado de forma indebida composiciones de Yeison. Según su versión, en un encuentro privado de años atrás, Ayala habría tenido acceso a los cuadernos personales del cantante fallecido, donde se encontraban bocetos de canciones y reflexiones creativas.
Jessi sostuvo que al menos algunas de las canciones recientes que devolvieron visibilidad a Ayala presentan una similitud notable con esos escritos.
No presentó documentos en pantalla, pero insistió en que varias personas del entorno cercano de Yeison conocían la existencia de esos manuscritos.
Más allá de la música, el relato de Jessi se adentró en un terreno más delicado. Sugirió que Yeison había descubierto movimientos financieros irregulares y relaciones peligrosas dentro del círculo que lo rodeaba.
Según su testimonio, Yeison habría manifestado su intención de hacer públicas ciertas informaciones, lo que habría generado tensiones poco antes de su muerte. Estas afirmaciones, hasta ahora, permanecen como declaraciones sin respaldo judicial.
Uno de los elementos más comentados fue el llamado cuaderno de tapa roja. Para Jessi, este objeto es una pieza clave. Allí, afirmó, Yeison registraba tanto ideas para canciones como pensamientos íntimos.

Tras la muerte del artista, el cuaderno desapareció de entre sus pertenencias. Jessi considera que esta ausencia no puede ser una simple coincidencia y pidió públicamente que se realicen peritajes de escritura y estilo literario para comparar los textos de Yeison con futuras canciones atribuidas a Ayala.
Especialistas en música y derechos de autor han reaccionado con cautela. Algunos reconocen que el análisis de estilo puede aportar indicios, pero recuerdan que no es suficiente para establecer una autoría sin pruebas documentales sólidas.
Otros señalan que el duelo y la frustración pueden influir en la manera en que se interpretan los hechos, aumentando la carga emocional de cada detalle.
La parte final del video añadió aún más misterio. Usuarios en redes sociales afirmaron escuchar un susurro detrás de Jessi, lo que alimentó teorías sobre amenazas o presiones externas.

Técnicos de sonido consultados por medios locales, sin embargo, advirtieron que sin el archivo original y sin un entorno controlado de análisis, no es posible confirmar si se trata de una voz humana o de un simple ruido ambiental.
El impacto fue inmediato. Artistas, productores y seguidores comenzaron a posicionarse. Un sector expresó su apoyo a Jessi Uribe, considerando que su reacción era la de alguien que intenta defender la memoria de un amigo.
Otro grupo pidió prudencia, argumentando que lanzar acusaciones públicas sin pruebas concretas solo profundiza el dolor y la confusión.
Las consecuencias también se sintieron en el plano profesional. Algunos organizadores de eventos optaron por suspender o reconsiderar la participación tanto de Jessi Uribe como de Giovanni Ayala en espectáculos próximos, en espera de que la situación se aclare.

Esta decisión refleja hasta qué punto la controversia ha superado el ámbito personal para afectar directamente a la industria.
La familia de Yeison Jiménez, por su parte, ha mantenido una postura reservada. En declaraciones breves a la prensa, reiteraron su deseo de que cualquier verdad sea esclarecida por la vía legal y no a través de confrontaciones mediáticas.
Para muchos seguidores, esta posición representa una llamada a la responsabilidad colectiva.
Mientras tanto, la gran pregunta sigue sin respuesta. ¿Fue la muerte de Yeison Jiménez un accidente trágico o existen elementos aún no revelados?
Las palabras de Jessi Uribe han reavivado el debate, pero también han demostrado lo frágil que es la frontera entre la denuncia y la especulación.

El público, atrapado entre la empatía y la duda, observa cómo una historia marcada por la pérdida se transforma en un enfrentamiento cargado de emociones.
Algunos piden que se investigue a fondo cada afirmación. Otros temen que la memoria de Yeison quede atrapada en un conflicto que no le hace justicia.
Lo cierto es que el video de las tres de la madrugada se ha convertido en un punto de quiebre. No por las respuestas que ofreció, sino por las preguntas que dejó abiertas.
En un entorno donde la fama suele amplificar tanto la verdad como el rumor, la única salida posible parece ser una investigación clara, transparente y basada en hechos.
Hasta que eso ocurra, la historia de Yeison Jiménez seguirá siendo un relato incompleto, marcado por silencios, sospechas y declaraciones que, aunque impactantes, aún esperan ser confirmadas.
Y el video de Jessi Uribe quedará como el recordatorio de que, en el mundo del espectáculo, una sola noche puede cambiar para siempre la forma en que se mira una tragedia.