No fueron las coronas de flores ni las canciones de despedida lo que devolvió el nombre de Yeison Jiménez a los titulares. Fue una sola frase de su esposa.
“Él sabía exactamente quién lo estaba siguiendo”. Con esas palabras, Sonia Restrepo abrió una nueva herida en la memoria colectiva de Colombia, donde la línea entre accidente y conspiración se volvió inquietantemente borrosa.
Sonia no apareció como una viuda frágil. Su mirada era firme, su voz pausada, pero cada palabra pesaba. Según su relato, en los últimos meses Yeison vivía en estado de alerta permanente.
El teléfono casi siempre en silencio. Las rutinas cambiaban sin aviso. Las reuniones se reducían al mínimo. No era arrogancia de estrella, dice Sonia, sino el instinto de alguien que sentía que lo estaban cazando.

Entre sus pertenencias, Sonia encontró una carta de extorsión. La cifra exigida era tan alta que incluso para un artista de su nivel resultaba imposible reunirla en poco tiempo.
Junto a la carta, un audio con una voz distorsionada advertía sobre su último vuelo. Sonia admite que al escucharlo por primera vez pensó que era una amenaza vacía. Pero al recordar el comportamiento de Yeison en esos días, comprendió que el miedo era real.
En una pequeña caja fuerte, Sonia descubrió documentos que revelaban contratos profundamente desiguales. En cada presentación, la mayor parte de los ingresos no terminaba en manos de Yeison.
Ella describe ese sistema como una forma de cautiverio moderno, donde el artista es controlado mediante cláusulas, deudas y silencio. Yeison quería liberarse, pero cada vez que lo intentaba, algo lo detenía.
Las irregularidades continuaron antes del vuelo fatal. El piloto fue cambiado a última hora. No pertenecía al equipo habitual de Yeison. Horas antes del despegue, habría recibido una transferencia sospechosa.
El registro del vuelo mostraba modificaciones. Las cámaras de seguridad captaron a dos hombres encapuchados entrando al hangar durante la noche y saliendo sin dejar rastro claro.
Pero el detalle que más atormenta a Sonia es el del hombre con gorra azul. Subió al avión con una bolsa negra y bajó segundos antes de que se cerraran las puertas.
Sonia no afirma qué llevaba, pero está convencida de que ese objeto cambió el destino del vuelo. “Si fue casualidad, por qué Yeison mencionó esa gorra en su último video”, se pregunta.
Ese video de quince segundos, hallado en el teléfono de Yeison, se convirtió en una pieza clave. Él aparece sudando, respirando con dificultad, con la voz temblorosa.

Susurra que si el avión cae, busquen al hombre del gorro azul. Para Sonia, no era una frase al azar. Era la confesión de alguien que ya veía venir el final.
Según el informe independiente que Sonia divulgó, en la sangre de Yeison y del piloto se encontraron rastros de un gas paralizante.
Un compuesto que podría activarse con el aumento de temperatura del motor, dejando inconscientes a las víctimas sin posibilidad de reacción.
Aunque este resultado aún no ha sido confirmado oficialmente, la pregunta persiste. Si todo fue un simple accidente técnico, por qué apareció esa sustancia.
Sonia asegura que el verdadero motivo está en lo que Yeison planeaba revelar. Él habría descubierto una red de lavado de dinero vinculada a grandes festivales musicales.

Le confesó que, si hablaba, muchos nombres importantes caerían. Poco después, decidió callar. Sonia cree que entendió el precio de la verdad.
El momento más doloroso para ella fue una llamada de un colega muy cercano, minutos antes de que el avión perdiera contacto. La única pregunta fue si Yeison ya estaba a bordo.
Sonia describe esa llamada como una traición. No por la pregunta, sino por la mirada de Yeison después de colgar. “Era la mirada de alguien que sabe que acaba de ser vendido”, recuerda.
Tras su muerte, el catálogo musical de Yeison se convirtió rápidamente en objeto de disputa. Ofertas, contratos y negociaciones aparecieron de forma repentina.
Sonia cree que existen intereses claros en apropiarse de su legado, mientras el creador ya no puede defenderlo.

Sonia insiste en que no busca compasión. Busca verdad. Afirma que posee una lista de personas involucradas y que la hará pública cuando llegue el momento.
Para ella, esta no es solo la lucha de una esposa que perdió a su marido, sino el enfrentamiento entre la luz y un sistema protegido por poder, dinero y silencio.
Las autoridades han declarado que toda información será evaluada, pero subrayan que las acusaciones deben respaldarse con pruebas legales.
Mientras tanto, la sociedad colombiana se divide. Algunos creen que Sonia está diciendo lo que muchos temen. Otros opinan que el dolor la empuja a conclusiones sin confirmar.
Sin embargo, hay algo indiscutible. Yeison Jiménez no era solo un cantante. Era un símbolo de superación, de esperanza, de un sueño que millones compartían. Por eso, su muerte no puede quedar reducida a una palabra fría como accidente.

Sonia cerró su mensaje con una frase que sigue resonando. “Si él guardó silencio, fue por miedo. Si yo hablo, es porque ya no tengo nada que perder”.
Desde ese instante, la pregunta dejó de ser cómo murió Yeison. La verdadera pregunta es quién teme que la verdad salga a la luz.