La Sombra de Adriana Meza Torres

Cuando el poder viste de blanco, la justicia aprende a callar.
No es una metáfora, es una verdad que hiela la sangre. La historia de Carlos Emilio Galván Valenzuela, un estudiante de 21 años desaparecido en Mazatlán, Sinaloa, no es solo otro caso más en el interminable registro de desaparecidos en México.

Es la radiografía de un sistema donde el miedo dicta las reglas, y una mujer —elegante, silenciosa, intocable— parece tener la capacidad de borrar personas y verdades con una sola mirada.

Todo comenzó en la madrugada del 5 de octubre de 2025, en el club-bar Terraza Valentinos, un ícono nocturno frente al mar.

A las 2:25 a.m., las cámaras de seguridad registraron a Carlos levantándose de su mesa para ir al baño. Minutos después, una Suburban negra sin placas se estacionó junto a la entrada lateral del local.

Dos hombres bajaron, hablaron brevemente con el guardia… y a las 2:35, el sistema de videovigilancia se cortó.

Cuando volvió a funcionar, Carlos había desaparecido.

El gerente del bar, Óscar Gómez Armenta, alegó una “falla eléctrica”, pero los peritos descubrieron algo distinto: el sistema había sido manipulado manualmente.

Alguien, con acceso administrativo, conectó un disco duro externo y copió parte de las grabaciones a las 8:12 de la mañana.

La madre del joven, Brenda Valenzuela, recibió una copia editada del video. Al reproducirla, se encontró con un detalle perturbador: a las 2:33 a.m., justo después de que su hijo entrara al baño, una mujer vestida de blanco, con el rostro parcialmente cubierto, salió por la puerta VIP acompañada de dos hombres armados.

Una mesera del lugar aseguró que el área VIP había sido reservada esa noche “para un grupo de seguridad de Culiacán”. Entre ellos, una mujer a la que todos se referían con un título que imponía respeto: “la licenciada.”

En los círculos del crimen organizado, ese apodo tiene nombre y apellido: Adriana Meza Torres, esposa de Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Dentro del Cártel de Sinaloa, se le conoce como una figura discreta pero influyente, la estratega financiera y la consejera silenciosa, el cerebro que mueve los hilos de las operaciones legales e ilegales del clan.

Una grabación filtrada de un restaurante frente a Valentinos muestra a una mujer con el mismo porte y atuendo bajando de un Audi gris a las 2:33. En el audio de fondo, se escucha una voz en radio:

“La licenciada dice que lo entreguemos arriba, que no lo toquen.”
(“La licenciada dice que lo entreguemos arriba, que nadie lo toque.”)

Días después, otra grabación —enviada anónimamente al periodista Jesús Torres— muestra a dos hombres armados subiendo a un joven, con características físicas similares a las de Carlos, a la Suburban negra.

Un informe interno de la Guardia Nacional, luego retirado del expediente oficial, confirmaba que un vehículo con esas características, registrado a nombre de una empresa fantasma en Culiacán, pasó por los peajes de Mazatlán en la madrugada y regresó tres horas después.

Las hipótesis son dos:
La primera, que Carlos vio algo que no debía ver; la segunda, que fue víctima de un error dentro de una operación que involucraba transferencias financieras de empresas fachada usadas para lavar dinero.

En cualquiera de los dos escenarios, su desaparición se cruzó con intereses demasiado poderosos.

Brenda, desconfiando ya de las autoridades, emprendió su propia búsqueda. Pero muy pronto comprendió que, en Sinaloa, la verdad no se encuentra: se entierra con cuidado.

Comenzó a recibir llamadas de números bloqueados:

“Olvídese de las cámaras, eso no traerá de vuelta a su hijo.”

Los periodistas que cubrían el caso fueron intimidados; algunos renunciaron. Los medios comenzaron a eliminar las notas sobre la desaparición, siguiendo órdenes de un despacho jurídico en Culiacán vinculado a la familia Meza Ontiveros.

Brenda no se detuvo. A través de intermediarios, logró contactar a un hombre apodado “El Flaco Vega”, quien le dijo con frialdad:

“Fue un error. Pero solo La Licenciada puede decidir qué pasará con su hijo.”

En octubre, Brenda viajó a Culiacán. En una residencia del barrio Las Quintas, fue conducida hasta una habitación tenue. No vio el rostro, pero reconoció la voz: serena, firme, imposible de contradecir.

“Hay errores que se pueden corregir. Vuelva a Mazatlán y espere.”

Días más tarde, recibió una llamada. La voz femenina era la misma.

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