No era una ruta peligrosa, no había condiciones meteorológicas extremas ni alertas de seguridad previas.
Precisamente por eso, la caída del jet privado que transportaba a la familia Gómez Buenfil provocó un impacto profundo en la opinión pública mexicana.
Un vuelo considerado rutinario, habitual entre familias de alto poder adquisitivo, terminó con la muerte de diez personas y dejó abiertas preguntas que hoy siguen sin respuesta.
De acuerdo con los registros aeronáuticos, el avión Cessna Citation 650 despegó de Acapulco con destino a Toluca, uno de los aeropuertos con mayor tráfico de vuelos privados en México.

Se trata de un modelo de reacción de tamaño medio, reconocido por su estabilidad y confiabilidad, ampliamente utilizado en vuelos ejecutivos y familiares.
La aeronave era tripulada por dos pilotos de edad avanzada y amplia experiencia, con una larga trayectoria en este tipo de operaciones.
A bordo viajaban tres generaciones de la familia Gómez Buenfil. Raúl Gómez Buenfil, de 31 años, iba acompañado por familiares mayores y tres niños de corta edad.
Fotografías difundidas tras la tragedia muestran a una familia unida, acostumbrada a desplazarse en vuelos privados por razones de comodidad y privacidad. Nada hacía pensar que ese trayecto sería el último.
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Según información preliminar de control aéreo, la aeronave se aproximaba a Toluca en condiciones normales. No hubo reportes prolongados de emergencia ni solicitudes de desvío o aterrizaje forzoso.
Sin embargo, cuando el avión se encontraba a menos de seis kilómetros de la pista, la comunicación comenzó a fallar de forma repentina hasta desaparecer.
Apenas segundos antes de perder contacto, la torre de control registró un mensaje breve y estremecedor desde la cabina: “Estamos desplomando”. Fue la última señal de vida desde el avión.
Minutos después, la aeronave se precipitó en una zona despejada cercana a talleres de mantenimiento en el Valle de Toluca.

El impacto fue violento y provocó un incendio de gran magnitud que consumió casi por completo el fuselaje. Elementos de bomberos y fuerzas de auxilio acudieron de inmediato, pero las llamas y las altas temperaturas dificultaron las labores de rescate. No hubo sobrevivientes.
La confirmación de las víctimas sacudió al país. Tres niños, uno de ellos de apenas dos años, murieron junto a sus padres y abuelos.
Dos pilotos, con décadas de experiencia en el aire, también perdieron la vida. En redes sociales, miles de mensajes expresaron condolencias, dolor y, al mismo tiempo, indignación y dudas sobre lo que realmente ocurrió en los minutos finales del vuelo.
Especialistas en aviación señalaron que los accidentes durante la fase de aproximación suelen estar relacionados con fallas técnicas graves.

Entre las hipótesis que se analizan se encuentran la pérdida súbita de potencia, un fallo en los sistemas de control o una posible despresurización de la cabina que habría limitado la capacidad de reacción de la tripulación. La interrupción abrupta de las comunicaciones refuerza la sospecha de un problema eléctrico o electrónico.
La Fiscalía General de la República y las autoridades aeronáuticas federales recuperaron la caja negra para su análisis.
Los investigadores revisan el historial de mantenimiento del avión, los registros técnicos, así como las condiciones físicas y las horas de vuelo de los pilotos. Ninguna línea de investigación ha sido descartada, desde el error humano hasta una falla estructural no detectada.
En el ámbito político, la presidenta Claudia Sheinbaum expresó sus condolencias a los familiares de las víctimas y ordenó que el caso sea investigado con prioridad.

Sin embargo, para gran parte de la sociedad mexicana, las palabras de solidaridad no bastan. El debate se ha ampliado hacia la seguridad real de la aviación privada en el país, un sector en crecimiento que no siempre está sujeto al mismo nivel de supervisión que la aviación comercial.
La tragedia de la familia Gómez Buenfil no es solo una pérdida irreparable para sus seres queridos. Es también una advertencia dolorosa.
Cuando la tecnología moderna y la experiencia acumulada no logran evitar un desenlace fatal, la exigencia social es clara: transparencia, responsabilidades definidas y cambios concretos para que frases como “Estamos desplomando” no vuelvan a escucharse en los cielos de México.