Nadie imaginaba que detrás de la sonrisa entrañable que acompañó a México durante más de seis décadas, la partida de Eduardo Manzano ocultara detalles capaces de sacudir a todo el país.
La serenidad de su muerte, las revelaciones inesperadas de su familia y el silencio de sus últimas
horas convirtieron su despedida en un tema de debate nacional que llevó a millones de personas a preguntarse si realmente conocíamos la verdad sobre el ícono más querido de la comedia mexicana.
Apenas unos minutos después de que su hijo, Eduardo Manzano Martínez, confirmara la noticia en redes sociales, México quedó sumido en la conmoción.

No solo había fallecido un actor, sino una figura esencial en la identidad cultural del país, un referente que marcó a varias generaciones desde la década de los sesenta hasta la actualidad.
Lo que más impactó no fue únicamente su muerte, sino la manera en que se produjo: en absoluta calma, sin dolor y rodeado del amor silencioso de su familia.
Su hijo relató que, en las horas finales, Manzano no mostró señales de sufrimiento ni miedo. Al contrario, continuó bromeando con las enfermeras, recordando anécdotas de su carrera y preguntando por los chistes más recientes como si la vida aún le guardara un momento más de risa.
Cuando se le preguntó cómo fueron los últimos minutos de su padre, solo pudo responder: “No hubo caos, no hubo dolor, simplemente dejó de respirar, como si estuviera interpretando su última escena.”

Más tarde, los médicos confirmaron que murió dormido debido a una detención respiratoria natural, un final tan sereno como inusual en una persona de casi noventa años.
Pero para comprender la magnitud de la reacción pública, es necesario recordar el lugar tan especial que ocupó Eduardo Manzano en el corazón de México.
No fue solo comediante, sino un símbolo cultural y un puente generacional. Inició su carrera en la radio, donde perfeccionó la habilidad de hacer reír únicamente con la voz, el ritmo y la observación fina del comportamiento humano.
El giro decisivo llegó cuando conoció a Enrique Cuenca y juntos formaron el legendario dúo Los Polivoces. Con ellos, la comedia mexicana vivió una transformación profunda.

Crearon un universo de personajes que representaban al México urbano y popular con ingenio, crítica sutil y enorme humanidad.
Su sello distintivo consistía en satirizar sin dañar, en reírse con el público y no del público. Manzano lo expresaba siempre con claridad: “La comedia sirve para reírnos de nosotros mismos, no para humillar a otros.”
Tras la separación del dúo, su talento continuó brillando en cine, teatro y televisión. Su papel como Don Arnoldo López en la serie Una familia de 10 lo consolidó entre el público más joven, que descubrió en él la imagen del abuelo mexicano clásico: gruñón, sincero y profundamente entrañable.
Quienes trabajaron con él lo recuerdan como “una escuela viviente” y “un maestro silencioso”. Era un hombre disciplinado que llegaba a los rodajes media hora antes, memorizaba cada línea y trataba cada escena con respeto absoluto.

También era conocido por apoyar a los actores jóvenes, enseñándoles el ritmo interno de la comedia y la elegancia que exige este oficio.
Cuando su muerte se volvió pública, México experimentó un sentimiento cálido y contradictorio: tristeza profunda por la pérdida, pero también consuelo al saber que se marchó con dignidad y paz.
Su esposa, Susana Parra, escribió un mensaje breve pero intenso: “Gracias por enseñarme a mirar la vida a través del humor.”
Para su hijo, la muerte de su padre no fue una tragedia, sino una transición natural. “No murió, solo cambió de escenario.” Su nieto añadió con emoción: “Ahora está haciendo reír a los ángeles.”
Su funeral, aunque marcado por la nostalgia, también estuvo lleno de sonrisas suaves cuando sus amigos y compañeros recordaron anécdotas que definían su esencia. Un hombre que vivió de la risa tenía que ser despedido, inevitablemente, envuelto en ella.

El legado de Eduardo Manzano trasciende los programas que protagonizó o los personajes que interpretó.
Su herencia es una filosofía de vida que defendió hasta el último día: el humor como un acto de amor, la disciplina como forma de respeto y la risa como espacio de encuentro entre generaciones. Su impacto no se medirá en años, sino en la cantidad de sonrisas que deja tras de sí.
México lo llora, pero también lo celebra. Porque aunque Eduardo Manzano ya descansa, su risa, su calidez humana y su visión noble de la comedia seguirán resonando para siempre. Fue más que un actor. Fue y seguirá siendo la expresión más pura de la bondad dentro del arte de hacer reír.